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Cristina Losada

El populismo que (nos) viene

El caudillo mesiánico ofrece la política como salvación, que es la otra cara de la condena de la política que aquí cobra popularidad

Cristina Losada
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No, no fue un buen día para Venezuela, ni para Iberoamérica, ni para España. Pese a los inexplicables parabienes de nuestro ministro de Exteriores, la victoria de un populista cuartelero, de un autócrata que intimida y liquida al oponente, en modo alguno pueden celebrarla cuantos atesoren una idea cabal de la democracia. Ha vuelto a ganar el Mussolini del trópico, como lo bautizó el escritor Carlos Fuentes, que era de una izquierda iberoamericana que acabó por huir de cualquier parentesco con el chavismo. Justo al contrario que tanta progresía de nuestros lares, siempre en busca de nuevas direcciones donde vivir sus fantasías revolucionarias desde la comodidad de la distancia. Aún hay en esa parroquia quienes rinden culto a Chávez porque ha logrado mejorar las condiciones de vida de los desfavorecidos. Si es por eso, tendrán que poner un altar a otros caudillos, dictadores y dictadorzuelos de aquel y de este continente.

Venezuela, a la que antes se emigraba y de la que ahora emigra la clase media, habrá de cargar varios años más con ese lastre, pero el populismo es un castigo mucho más compartido de lo que parece. Permanece a aquel lado del charco y empieza a emerger en éste. Visto desde Europa, Chávez resulta un personaje grotesco, una mixtura de Perón y Cantinflas, aquí impensable como líder. Sin embargo, igual que el chavismo se engendró en la crisis terminal de un sistema político, la convulsión económica que sufren países europeos como el nuestro proporciona el caldo de cultivo para un similar brote populista. Sus manifestaciones ya están en la calle. Su peculiaridad es que surge tanto de los antisistema profesionales o aficionados como del propio sistema, pues lo excitan desde las organizaciones sindicales hasta los gobiernos nacionalistas, sin que los dos grandes partidos escapen a la tentación y la tendencia.

Ese "No nos representan", con su democracia directa o real, entronca con la mutilación de la democracia perpetrada por el chavismo, reducida a plebiscito y procedimiento de aclamación. Va por esa senda el referéndum que exigen los sindicatos como alternativa a los resultados de unas elecciones. O el mandato del pueblo que blande Artur Mas como arma nuclear de su chantaje. Incluso el revoltijo de seudoideas que padecemos admite comparación con el batiburrillo seudoideológico de Chávez. El caudillo mesiánico ofrece, como antes otros de su estirpe, la política como salvación. Pero esa no es más que la otra cara de la condena de la política que aquí cobra popularidad como válvula de escape. Y ello con la colaboración de políticos profesionales o aspirantes, que ya tiene delito.

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