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Cristina Losada

El psicodrama de Camps

Al presentar su renuncia como un sacrificio por Rajoy y por España, nada menos, Camps no engrandecía el sentido de su dimisión. Lo empequeñecía al convertirla en mera conveniencia que, además, envolvía en la bandera.

Cristina Losada
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El velatorio de un cadáver político se presta tanto a la alabanza desmedida como al lanzazo al difunto. Ninguno de esos excesos ha faltado tras la dimisión de Camps. Su retirada se ha convertido en un trofeo que se disputan la dirección nacional del PP, que resalta la sabiduría de un Rajoy capaz de solventar la crisis sin prisa, pero sin pausa; y quienes la atribuyen a su tenaz persecución de la pieza. Así, lo que para unos es "sacrificio" digno de encomio, es "rendición" humillante para los otros. Fuera del territorio de las banderías, la historia pierde tintes dramáticos. No se aprecian motivos para que se enorgullezca ninguna de las partes. Ni de una gestión, que ha sido deplorable, ni de un acoso que, por desproporcionado y manipulador, daría alas al victimismo de los populares. Han aplazado decisiones y prolongado la agonía escudados en la dispensa moral que el hostigamiento les brindaba. Camps no tenía que dimitir, podía ser de nuevo candidato, porque era víctima de una cacería.

Desde los primeros compases optaron por desconocer, en Génova y en Valencia, las dimensiones del problema. Las redujeron a los trajes y a un presunto delito no más grave que una multa de tráfico. Pero en la esfera política se dirimía su responsabilidad en la posible connivencia con una trama corrupta. Y entonces vino al rescate de los taoístas (no hacer), el doble rasero. Si los imputados y aun procesados que aporta el PSOE no dimiten por corruptelas de mayor cuantía y execrables faisanes, ¿por qué habría de hacerlo un político del PP, seguro de su inocencia, por una minucia? ¿Por qué dar ejemplo cuando los adversarios ni lo dan ni pagan por ello? Pues por eso mismo. Hasta hubiera sido un golpe de efecto, un modo de subrayar diferencias. Pero la dimisión de un político es aquí un acto tan desacostumbrado, que se asimila fácilmente a una confesión de culpa. Quizá la única muestra de lucidez que ha dado Camps en este embrollo haya sido dimitir antes que declararse culpable.

Tarde y también mal. Al presentar su renuncia como un sacrificio por Rajoy y por España, nada menos, Camps no engrandecía el sentido de su dimisión. Lo empequeñecía al convertirla en mera conveniencia que, además, envolvía en la bandera. Y en lugar de dejar los elogios de su figura para otros, se los hizo él mismo. Hasta el final, llevó el affaire como un psicodrama.

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