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Cristina Losada

El señor Caos

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El señor Caos, como sabe cualquier consumidor de información, es un visitante asiduo de los titulares. Los que hemos trabajado en las redacciones sabemos de sus virtudes para resolver las situaciones más variadas. Gracias a esa capacidad suya, Madrid cayó en sus amorfas garras tras los atentados del 11-M, aunque luego nos enteramos de que los servicios de emergencia habían funcionado admirablemente. Una de sus apariciones más conseguidas tuvo lugar el día del último gran apagón en Nueva York: mientras por televisión veíamos riadas de gente caminando a paso normal por las calles, los locutores decían que en la ciudad reinaba el caos. Nunca se desdijeron. Jamás lo hacen.
 
En días pasados, el señor Caos tomó posesión de Irak en nombre de los ejércitos de los medios de comunicación. El fuego de las hogueras iraquíes se atizó a la vez en varios frentes, y desde las grandes cadenas de televisión hasta los periódicos locales, todos llamaron al señor Caos para que los sacara del apuro. Se apreciaba que muchos le daban una efusiva bienvenida. Al fondo se oía el rumor: ¡abajo el tirano! No refiriéndose a Sadam, derrocado hace un año. No nos confundamos de enemigo. Sadam, al menos, tenía la decencia de no enseñarle al mundo los cadáveres. Por algún error suyo vimos algunos kurdos gaseados. Pero los medios, y en eso han destacado los españoles, no aprovecharon su caída para mostrarnos los restos que quedaron de sus orgías de sangre. No hay que cebarse con el perdedor.
 
Milagrosamente, de un día para otro, el señor Caos se fue de Irak. Corriendo, como suele hacer. Tal vez ha tenido algo que ver en ello el general Mark Kimmit, que en durante el reinado del caos, tuvo siempre el aspecto de señor Orden. Las hogueras se mantienen, mas su fuego no se extendió como la pólvora. La prensa acude a otros clásicos para describir la situación, ¡qué le vamos a hacer! Los partes de Kimmit son demasiado informativos, aburridos, fragmentarios. Y muchos medios no viven de la información sino de la sensación. La dificultad estriba en que la sensación es un producto perecedero: hay que cambiarlo enseguida. La ventaja es que imprime huellas emocionales más que racionales. La siguiente nos hace olvidar la primera. En un instante, el Apocalipsis se convierte en Génesis, y todos contentos.
 
Pero el señor Caos no se enseñorea de Irak sólo por el afán de sensaciones de la prensa. En este conflicto, como en otros pasados, la imparcialidad brilla por su ausencia. Si se habla sólo del caos, y se silencia lo que se va poniendo en orden, es para apuntalar el juicio previo y castigar al “verdadero enemigo”, el de la Casa Blanca. Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam, en buena medida, porque perdió la batalla de la propaganda. No está claro que hayan aprendido toda la lección sus dirigentes. La tragedia no es que los americanos y sus aliados pierdan una guerra, sino lo que ello comporta: que un pueblo pierda la ocasión de prosperar en libertad y caiga en manos de quienes masacrarán sin piedad, sin luz y sin taquígrafos. Lo sabemos: sus atrocidades ocuparán en los medios, ese pequeño espacio que en ellos se reserva para el mal inevitable.

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