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El secretario general del PSOE, José Blanco, dijo que los resultados de las europeas demostraban que el 14-M “no fue un espejismo”. No hacía falta ninguna demostración. Fue motivo de sorpresa para unos y de tristeza para otros, pero desde el principio estuvo claro que aquello no era ilusión óptica. Las urnas de marzo retrataron a una sociedad que, en su mayoría, ante un repentino ataque frontal, y un constante acoso lateral, prefería replegarse y plegarse. Las urnas de junio confirman que el espejo de marzo reflejó bien, aunque fuera de los del callejón del Gato.
 
Tal vez la distorsión de la imagen alimentó la ilusión de que la derecha ya iba a ser laminada en estos comicios. Por un momento, con el calor generado por alguna encuesta sin cocina, la dirección del PSOE debió de ver en el horizonte el paraíso político: un oasis a lo grande, en el que la derecha haga de bufón cuando le convenga al amo. Incluso parecía que el PP estaba predispuesto a aceptar, si no un papel tan desairado, otro igualmente subalterno. Pero su base electoral es más dura de roer que algunos de sus dirigentes. Se necesita más tiempo. El PSOE se dio demasiada prisa. El pinchazo de este espejismo lo va a pagar el CIS, culpable de hacer lo que le mandaron.
 
Es comprensible que los socialistas quieran demostrar que su triunfo en marzo no se debió sólo al impacto de los atentados. Pero cuando la mayoría de la población establece una relación causa-efecto entre el apoyo del gobierno Aznar a la intervención en Irak, y la masacre de Madrid, no hay forma de eludir el corolario. Ni éste deja de manifestarse en las urnas a los tres meses ni a los seis. Del 11-M se extrajo una lección breve, pero de largo alcance, tanto para la política exterior española, como para la interior: no hay que provocar al “enemigo”. Lo que significa no hacer nada que el “enemigo” pueda interpretar como una afrenta y, no digamos, como una agresión.
 
Los socialistas gobiernan por eso y para eso. Han sido elegidos en marzo y ratificados ahora para gestionar la cesión. También llamada talante. Y ello en todos los frentes. Las elecciones de junio han creado, posiblemente, un espejismo: el del reforzamiento de los partidos nacionales y el debilitamiento de los nacionalismos excluyentes. Pero el respaldo al PSOE no se puede interpretar como un espaldarazo al actual pacto constituyente. Menos aún, el gran avance del PSC, que es uno de los pilares de su triunfo. Y menos todavía cuando, según encuestas que parecen verosímiles, como la recientemente publicada por El Mundo, una mayoría de la población ve con buenos ojos la reforma constitucional. Son menos los que desean reformas de los estatutos de autonomía, pero ¿quién no va a comprar la mercancía de que se puede resolver con un quítame allá y dame acá soberanía, el agotador tira y afloja con los nacionalistas?
 
Gana, en fin, la ambigüedad. Se establece como virtud la falta de definición y de firmeza. Cada uno puede ver lo que le apetezca en el horizonte. El PSOE, de momento, es capaz de producir espejismos a gusto del consumidor.
 

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