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ETA o las pintadas

Lo peor es que aún haya gente que reclame impunidad para los crímenes de la organización terrorista.

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EFE. Imagen de archivo

Todos los años, por enero, decenas de miles de personas salen a la calle en el País Vasco en apoyo a los terroristas de ETA presos. También este año lo hicieron. Lo que no han hecho nunca esas decenas de miles de personas, ni hicieron tampoco este año, es reclamar la disolución de ETA y mostrar algún respaldo a las víctimas de sus asesinatos, atentados, amenazas y extorsiones. Yo diría que esas carencias son lo primero a destacar de tales manifestaciones y de tales manifestantes. Pero no piensan lo mismo en el Ayuntamiento de Bilbao. Desde allí le han hecho críticas a la manifestación, sí, pero por las pintadas. ¡Por las pintadas!

Para el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, lo grave de la manifa fue que los participantes dejaron el casco viejo de la ciudad hecho un asco por los lemas con los que pintarrajearon casas, comercios y edificios municipales. "En Bilbao no queremos gente así", concluía Aburto. "El respeto a los derechos empieza respetando a los demás". Al día siguiente, fue el portavoz del PP en el consistorio bilbaíno, Luis Eguíluz, el que se sumó a la denuncia, responsabilizando de las pintadas a Bildu. "Mientras persistan este tipo de actitudes, no son una fuerza democráticamente homologable", dijo. ¿Por las pintadas?

Hombre. Las pintadas son detestables, más si son a favor de ETA y de sus presos. Pero lo peor de la manifestación del sábado no fueron las pintadas. Lo peor, para empezar, es que ETA y sus presos, que son lo que queda de ETA, siguen teniendo detrás a decenas de miles de personas en el País Vasco. Lo peor es que aún haya gente que reclame impunidad para los crímenes de la organización terrorista. Lo peor es que llevan a niños para darle cariz emotivo e inocente a sus actos. Y lo peor de todo es que no tienen una palabra de apoyo para las víctimas ni piden a los presos que colaboren con la Justicia para resolver los crímenes, más de 300, que continúan pendientes.

Reprochar a los simpatizantes de ETA que hagan pintadas, en lugar de su connivencia con ETA, es como reprocharle a un asesino que deje el suelo manchado de sangre, en vez del asesinato. ¿Les parecería bien al alcalde y al portavoz del PP la manifestación a favor de los presos etarras si no hubieran pintado las calles del casco viejo? Seguramente no. Pero prefieren no meterse en políticas. Atacan a la manifestación por las pintadas para no atacarla por lo que es y significa. Y esto es muy revelador de la coacción que todavía ejercen los proetarras y de su capacidad para condicionar el discurso político.

Sería un retroceso democrático que la supuesta normalización del País Vasco, después de que ETA dejara de matar, se tradujera en una mayor tolerancia política hacia las demostraciones de simpatía con la banda. Aunque sobra el condicional. No sería: es. Es un retroceso democrático y moral que los herederos de ETA, sus simpatizantes y cómplices puedan beneficiarse de tolerancia e impunidad políticas ahora que la organización terrorista no mata. Es un retroceso que el entorno de la banda se manifieste a favor de los presos y que sólo provoquen rechazo sus pintadas por aquello de que afean la ciudad. Y, en fin, para confirmar que se trata de un retroceso democrático, allí estaban los compañeros de viaje del exterior. Gentes como el diputado de ERC Joan Tardá; Xabier Sánchez, hermano de Jordi Sánchez, de ANC; David Fernàndez, de la CUP, conocido por su sandalia, y la ex de Juventudes Socialistas Beatriz Talegón. No era la primera vez que los amigos de ETA llevaban a figuras del separatismo catalán, pero en esta ocasión plasmaban un frente común: por los presos políticos.

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