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Cristina Losada

Exhibicionismo con burka

Su carnavalada no obedece a la necesidad de conocer, sino de que la conozcan a ella. Es el exhibicionismo narcisista del político haciendo de algo serio una astracanada.

Cristina Losada
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En España nadie está en su sitio. Los actores quieren hacer de políticos y los políticos de actores y, si se tercia, de payasos. Al género de la payasada pertenece el viaje iniciático que una ex diputada del PP realizó en Barcelona embutida en un burka a fin de contarlo en un periódico. Montserrat Nebrera, aquel gran fichaje de Piqué, nos ha brindado en El Mundo un apunte de sus sensaciones, pero una cosa es ponerse el burka como quien se calza un disfraz, que es lo que ella hizo, y otra llevar la vida de una musulmana sometida a las normas integristas. Pretender que con lo primero se aporta algún conocimiento sobre lo segundo es un fraude de tomo y lomo.

Hay un fenómeno de frivolización del burka del que forman parte episodios chuscos como éste. Nebrera asocia la prenda, en su texto,  a "los dictados de la moda fundamentalista" y se pregunta qué diferencia hay entre ese manto y "las extravagancias de la moda occidental". La tiranía de la moda, pues. A unas le impone el burka y a otras, la minifalda. Una equiparación demasiado extendida que conviene enfriar con las palabras de Sarkozy: "(El burka) es un problema de libertad y dignidad de la mujer. No es un signo religioso. Es un signo de servidumbre". Y a esas nociones, que definen lo esencial, no se les añade nada por pasearse bajo la túnica un par de tardes; al contrario, se trivializan.

Lo único que se añade es publicidad y hay políticos dispuestos a cualquier bufonada para hacerse con un bocado de esa tarta. Son las reglas de una sociedad del espectáculo donde reinan la telebasura y sus códigos. Nada averiguamos, nada descubrimos sobre la realidad a través del burka postizo de Nebrera. Su carnavalada no obedece a la necesidad de conocer, sino de que la conozcan a ella. Es el exhibicionismo narcisista del político haciendo de algo serio una astracanada. Ya puestos en experimentos de esa clase, me parecerían más interesantes las sensaciones de una inmigrante musulmana, trabajadora de fábrica, si vestida con un modelo de Dolce&Gabbana, tacones de Jimmy Choo y bolso de Prada, pasara una noche de copas, tal como haría una pija, sea progre, sea Nebrera.

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