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Cristina Losada

Gana Feijóo

Con el cese de Álvarez de Toledo, habrá que concluir que el gallego no necesita ser el líder del PP nacional para dirigirlo.

Cristina Losada
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Con el cese de Álvarez de Toledo, habrá que concluir que el gallego no necesita ser el líder del PP nacional para dirigirlo.
Mariano Rajoy, Alberto Núñez Feijóo y Pablo Casado, en una imagen de archivo | Europa Press

Cesada como portavoz parlamentaria del PP la diputada Cayetana Álvarez de Toledo, las miradas se han dirigido hacia el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo. Pero Feijóo, que ha sido crítico con declaraciones e intervenciones de la portavoz, no ha podido ser más parco y neutro en su comentario. Igual que otras veces optó por desdibujar sus diferencias con la portavoz después de que se publicaran, ahora ha querido evitar que se le atribuya alguna influencia en la destitución. Su aparente neutralidad no impide, sin embargo, que se le identifique como el ganador de esta partida, aunque naturalmente no va a reconocerlo. Feijóo tiene inteligencia política suficiente para no reconocer que ha ganado la partida y para no reconocer que la ha jugado.

Aun dando por bueno que nada tuvo que ver, que es mucho dar, lo cierto es que una portavocía ejercida tal como la ejercía la diputada casa mal con la política entendida al modo Feijóo, que es por extensión la del PP gallego y es, en general, la de un PP que ante todo no se mete en líos, como hubiera dicho Rajoy. Siguiendo en el mismo registro: la de un PP que no se mete en polémicas estériles. No es que ese PP rehúya toda confrontación, como en ocasiones se dice. De hecho, ha tenido en el Congreso portavoces heavy metal de los que casi es mejor olvidarse. Pero la clave está en lo de ‘estériles’, con lo que se alude a polémicas sobre principios políticos o ideológicos – doctrinarias– y polémicas sobre asuntos que se supone gozan ya de consenso social, o que simplemente se dan por zanjados y perdidos.

Feijóo es un buen representante del PP que esquiva charcos –charcos que ve como puestos a propósito por los socialistas–, que espera a que escampe y que trata de que se le perciba como cien por cien dedicado a la eficacia de la gestión. No extrañe, por tanto, que las guerras y batallas culturales las tenga por una desviación contraproducente. Un partido así, y en concreto el que dirige Feijóo –el PP gallego, de momento–, da por sentado que para ganar elecciones, y ganarlas por mayoría absoluta como necesita en Galicia, no puede pisar callos y tiene que arañar votos a los socialistas, algo que en las autonómicas no es imposible. Cosa distinta es que la fórmula funcione en las generales, pero estamos con Feijóo y su posible influencia en las alturas de Génova. Para una visión como la que describo, un partido de derechas ideologizado es un partido destinado a perder.

En sus años de dirigente, que ya son quince, Feijóo ha tenido que lidiar tanto con los viejos caciques del partido como con las exigencias de renovación. Pero el que llegó como joven delfín ahora es un veterano bregado, y prácticamente el último de la estirpe del PP funcionarial que sigue al frente de un Gobierno. Esa veteranía, junto a sus victorias electorales, le da ascendiente sobre la actual cúpula y sobre el joven Casado, que acude con frecuencia a verle como quien va a pedir consejo al maestro. Tuvo Feijóo, además, la perspicacia de apoyarle en las primarias en lugar de a Sáenz de Santamaría, cuyo perfil político era mucho más afín al suyo, de modo que se aseguró un lugar especial a la vera del presidente.

Con el cese de Álvarez de Toledo, habrá que concluir que Feijóo no necesita ser el líder del PP nacional para dirigirlo. Negará cualquier influencia y no cometerá el error de anotarse el tanto ni de alegrarse. Pero todo el mundo entenderá que su influencia ha sido determinante. La razón, por lo demás, es simple, porque en este punto la política se ha vuelto muy sencilla y hasta bruta: quien gana elecciones, manda. Esta partida la gana Feijóo, porque Feijóo gana.

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