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Cristina Losada

Grande, Marlaska

El caso de Bermúdez es también singular. Coqueteó con el PP y gracias a ese flirteo, logró la plaza que acaba de perder. Prometió incluso que en el juicio sobre el 11-M pondría a ciertos funcionarios "caminito de Jerez". Ah, qué sinceridad irradiaba

Cristina Losada
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Los jueces no deberían ser figuras ni tampoco figurar, y sus nombres no tendrían que ir asociados a la polémica política, pero una cosa es lo que debería ser y otra lo que es. De ahí, que merezca comentario la salida de Bermúdez de la Presidencia de la Sala Penal de la Audiencia y la entrada de Grande-Marlaska, asunto que en otras condiciones sólo ocuparía un breve. Más aún, cuando la sustitución del reputado especialista en pastelería fina, se sitúa en el contexto  de una próxima reforma de la justicia que  le devuelva  la independencia  que nunca debió de perder.

¿Despolitizar la justicia? Oh, no. Tan elemental principio le parece al insigne Peces Barba  un sinsentido, porque, dice,  todo poder del Estado es político. Fue en un reciente artículo en  El País, cuyo  ariete más contundente contra la reforma era un descalificativo: es reaccionaria. Ya. Ya barruntábamos que lo progresista consiste en que  el poder judicial sea un apéndice del legislativo que, a su vez, en nuestro régimen,  se funde prácticamente con el ejecutivo. Con el señuelo populista de  “o povo é quem mais ordena”, como en el himno revolucionario portugués, el paraíso del progresismo es un sistema en el que no exista obstáculo alguno al apetito de poder de los partidos. Y bien que ha intentado, y hasta conseguido, instalar ese nirvana, que tan tentador  y apetecible le resulta a la partitocracia.

Hay a quienes preocupa la judicialización de la política, pero en España, salta a la vista,  es mucho más inquietante la politización de la justicia. Aquella conduce a que toda cuestión política se exprese  en términos legalistas; ésta, a que los asuntos legales sean armas nucleares en la batalla política. Se pervirtió el mandato constitucional y el gobierno del poder judicial se transfirió a los partidos. Cómo extrañarse de que hubiera jueces  entregados a conseguir su favor. Lo de Garzón ya tiene sentencia. Pero el caso de Bermúdez es también singular. Coqueteó con el PP y gracias a ese flirteo, logró la plaza que acaba de perder. Prometió incluso que en el juicio sobre el 11-M pondría a ciertos funcionarios  "caminito de Jerez". Ah, qué sinceridad irradiaba. Y, sin embargo, le faltó tiempo para  mudar de piel y de pareja de baile. Pues ya tiene el premio: la puerta.

Grande-Marlaska ha dado pruebas de independencia y de discreción. Su elección es buena noticia. Pero la mejor sería la pronta reforma de un sistema que incentiva el juego político de los jueces y que hace de unos héroes y de otros, villanos.

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