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Cristina Losada

Guerra de trincheras

Reto digno de un jefe pandillero ese puyazo retórico que en otros barrios cursa como "tú no tienes lo que hay que tener" o "si fueras hombre". Penoso que un lance de baja estofa resulte el momento cumbre del debate.

Cristina Losada
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Llegó precedido por gran redoble de tambores. Gobierno y oposición iban a medir fuerzas en torno a una promesa: sacar a España de la crisis. Como si se pudiera hacer, desde la política, algo más que facilitar o dificultar la salida del atolladero. Vanitas vanitatum. Pero en lugar de una ofensiva napoleónica, dinámica y arrolladora, una Blitzkrieg, vimos el preludio –¿o continuación?– de una larga guerra de trincheras. Anotaba Orwell sobre el particular, tras su experiencia en el frente de Zaragoza, que había cinco cosas importantes para sobrellevarla: leña, comida, tabaco, velas y el enemigo. Por ese orden. "La preocupación real de los dos ejércitos era mantenerse calientes".

Para caldear el ambiente, pelea de gallitos. Ahí, el desafío del presidente del Gobierno al líder de la oposición: "Si tiene valentía, presente una moción de censura". La bravuconada española del estereotipo. Reto digno de un jefe pandillero ese puyazo retórico que en otros barrios cursa como "tú no tienes lo que hay que tener" o "si fueras hombre". Penoso que un lance de baja estofa, propiciado por el caos comunicativo del PP, resulte el momento cumbre del debate y oscurezca lo que ya apareció entre nubes de polvo. Una moción de censura no precisa de coraje macho, pero sí hace falta valor, el necesario para arriesgar votos a la hora de practicar reformas indispensables. Sin embargo, de la del mercado laboral, clave para el empleo, a poco más se atrevieron Zapatero y Rajoy que a pronunciar su nombre. De acabar con su rigidez, ni sombra.

El Gobierno evacuó un discurso más estructurado que la oposición, pero no por ello creíble. Tras el ritual anuncio de la inminente eclosión primaveral, Zapatero contradijo, vaya sorpresa, prédicas pasadas que descartaban cualquier recorte o cambio, salvo la quimera de transformar el "modelo productivo" por decreto. Ahora quiere tener listas, en dos meses, reformas que no se han hecho en décadas. Como si fuera coser y cantar. Y reformas vagarosas, en cuyos detalles se guardó de entrar. ¿Responsabilidad? Proclamaba orgulloso que la asumía y, al tiempo, la pasaba a otros: agentes sociales, Pacto de Toledo y los partidos, todos llamados por el muecín a un fraternal diálogo de besugos. Se crea, para tal ceremonia, una Comisión, sabio consejo de Bonaparte a los que no quieren resolver un problema. Ganar tiempo, embarullar, leña y paciencia en la trinchera. Ah, y coche eléctrico. Ya escampará.

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