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Cristina Losada

¿Hay cultura de pactos?

¿Hay cultura de pactos en España? Bueno, hay costumbre de pactos. Tal vez lo que no hay es cultura.

Cristina Losada
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¿Hay cultura de pactos en España? Bueno, hay costumbre de pactos. Tal vez lo que no hay es cultura.

En el mundo opinativo e igual en la opinión pública, que alguna relación tienen el uno con la otra, se instalan muchas veces verdades del barquero que merece la pena inspeccionar antes de embarcar alegremente con ellas. Una de las que surcan el río de tinta en estos tiempos, que tan nuevos y distintos se quieren, dice que en España no tenemos "cultura de pactos". La hubo, se reconoce, en la Transición, pero aquel estado de gracia se perdió enseguida y ya no tenemos hábito de pactos y acuerdos entre distintos partidos. Suena aquí, otra vez, la música de Spain is different.

La realidad, sin embargo, se resiste a avalarlo y, como suele, es más compleja. Para empezar por lo obvio, no es cierto que en las diez legislaturas de 1979 a 2011 hayan dominado las mayorías absolutas en el Congreso. Ese rodillo que tantas lamentaciones provoca apareció en menos de la mitad de las ocasiones. Felipe González tuvo dos mayorías absolutas claras, Aznar una y Rajoy otra. A falta de ellas, la investidura del candidato con más escaños se logró gracias a pactos con otros partidos, por lo general, nacionalistas, que votaban a favor o se abstenían. En cuanto a la labor legislativa, son más numerosos los proyectos aprobados por más de un partido que cuantos salen por aplicación del rodillo célebre.

No podemos presumir de gobiernos de coalición a escala nacional, pero en autonomías y municipios hay ensaladas a elegir. Puede que nadie se acuerde del pentapartito de Baleares, pero existió, igual que la tradición de pactar con Unión Mallorquina, de la encarcelada Munar. El tripartito de Cataluña fue otro ejemplo notorio de coalición: no dejó buen recuerdo. En Galicia, el bipartito PSdG-BNG tampoco despertó entusiasmo, pero haberlo lo hubo. En Cantabria se dio el caso de que fuera presidente el regionalista Revilla a pesar de sus pocos escaños y sus muchas anchoas. Y, por volver al presente de indicativo, en Andalucía disfrutaban de una coalición de PSOE e IU hasta que Díaz decidió adelantarse a los acontecimientos; en Extremadura, el PP ha gobernado gracias a un acuerdo con IU; y en Aragón venía funcionando un pacto del PP y el Partido Aragonés.

Son unos cuantos casos que salen a bote pronto, pero no los únicos, y el panorama se vuelve más variopinto en el microclima municipal. Lo único que ha faltado son gobiernos de gran coalición. Han sido escasos, incluso, los acuerdos PSOE-PP para dejar gobernar al otro: en el País Vasco, cuando Patxi López, y para de contar. En la misma autonomía, por cierto, hubo antaño una entente PSOE-PNV. Resumiendo: claro que ha habido pactos entre partidos y coaliciones en autonomías y ayuntamientos. Si no por amor al prójimo, por pura necesidad: no es tan fácil conseguir mayorías absolutas. Por haber, ha habido pactos para no pactar, como el del Tinell.

La otra cara de la moneda es que esta realidad pactista siempre ha convivido con un alto grado de confrontación, una hiriente descalificación del adversario y una tendencia a hacer de él un enemigo mortal. Para reagrupar a los forofos y despertar a los durmientes, los partidos denuncian agresivamente a los rivales, exacerban las diferencias y vociferan los desacuerdos. De ahí, de los decibelios extra, de la sobreactuación partidista, esa impresión de que todos libran una feroz lucha a muerte, son incapaces de sentarse a hablar como personitas educadas y no llegan jamás a un miserable acuerdo sobre nada. ¿Hay cultura de pactos en España? Bueno, hay costumbre de pactos. Tal vez lo que no hay es cultura.

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