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Cristina Losada

Hechizados por la Revolución

La Revolución es una aventura, un escape. Quiebra el curso administrativo de la vida cotidiana. Y se viven con euforia esos días que conmueven al mundo y luego, tantas veces, lo horrorizan.

Cristina Losada
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El gran Charles Krauthammer comenzaba un lúcido artículo sobre la revuelta en Egipto con una pregunta retórica: "¿A quién no le gusta una buena revolución democrática?" Elimínese el último adjetivo y estaremos más cerca del gusto predominante. Es la Revolución el fenómeno que captura la imaginación de tantos en Occidente. Sobre todo, cuando tiene lugar a distancia. La fascinación que ejercen los sucesos revolucionarios remite a esa idea que, vulgarizada, prescribe la necesidad de la lucha y de la violencia para que la Historia avance. Así, gozan de prestigio las rupturas, mientras sufren descrédito las transiciones pactadas. La revolución, escribe Furet, señala que "los hombres pueden desprenderse de su pasado para inventar y construir una sociedad nueva". El gusto por ella es hijo del mesianismo político.

Quién sabe si en Egipto ha habido una revolución. Aún menos se conoce el calificativo que habrá de marcarla. Pero ya nada se puede hacer por preservar el significado de las palabras. La Revolución tiene buenísima prensa y mejor televisión. Transforma a aburridos reporteros en entusiastas partidarios, que apenas contienen su anhelo de fundirse en éxtasis con la multitud. ¡Qué emocionante! El mito revolucionario, pasado por los media, los twitter y los gadgets, ha engendrado actitudes frívolas. Como criticaba el historiador comunista Eric Hobsbawm a los sesentayochistas, se toma la revolución por un "Club Méditerranée de la política". Es una aventura, un escape. Quiebra el curso administrativo de la vida cotidiana. Y se viven con euforia esos días que conmueven al mundo y luego, tantas veces, lo horrorizan.

Hay, en relación a Egipto, argumentos y datos que apuntalan tanto la proyección optimista (democracia) como la pesimista (islamismo). Pero la inquietante realidad es que, a día de hoy, las revueltas sólo han tenido enjundia y logrado el éxito en países árabes pro-occidentales. Eran dictaduras o dictablandas, todas corruptas. Ni Estados Unidos ni Europa supieron presionar por su reforma a cambio del apoyo financiero. La doctrina Bush de extender la libertad era buena: óptima si la hubiera aplicado extensamente. Obama abjuró, y lo hizo en El Cairo, del "intervencionismo" democrático. Ahora, no hay sociedad civil ni partidos capaces de garantizar que la transición no sea secuestrada por "los más disciplinados, despiadados e ideologizados", que ése es el triste destino de muchas revoluciones mágicas. Aunque, de imponerse los radicales islámicos, no proferirán quejas los fetichistas de la Revolución: cuanto más totalitaria, más les chifla.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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