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Cristina Losada

Jimmy, Tony y Pepiño

La popularidad de un político requiere construir la ficción de la cercanía, de manera que se le llegue a considerar como uno más, como ese tipo próximo y simpático con el que se pueden tomar, cualquier día, unas cañas en un bar.

Cristina Losada
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Hasta ayer ignoraba, entre tantas otras cosas, que Pepiño tuviera un sentido despectivo. Cierto que hay una letrilla popular gallega, que fue versionada por Juan Pardo, en la que de forma algo burlona se canta: "Ay Pepiño, adiós, ay Pepiño adiós, ay Pepiño por Dios non te vayas, quédate con nos, quédate con nos, non te vayas afogar na praia, como nos pasóu a nos". Más allá de esa canción, sin embargo, no sabía de nada sospechoso. Pero oída la exigencia –"que sea la última vez"– de la portavoz socialista, Elena Valenciano, estoy dispuesta a admitir que el hipocorístico en cuestión resulta irreverente, al menos, en un caso: cuando se utiliza para nombrar al ministro de Fomento. La jerarquía es la jerarquía, por muy socialistas que seamos. Y aun habría que congratularse de esa novedosa demanda de respeto en el trato que ha salido de Ferraz, si allí se aplicaran el cuento.

Mucho me temo, no obstante, que la tendencia contemporánea camina en sentido contrario a llamarle don José a un ministro. Mire a su alrededor Valenciano y verá que, en las democracias de nuestro tiempo, hasta los presidentes y los jefes de Estado insisten en ser Jimmy, Tony, Bill y, por regresar al terruño, Felipe. En su día, bien que promovió el PSOE que se conociera a su líder por el nombre de pila y, en efecto, lo logró. Pone uno González y, sin contexto, nadie sabe de quién se escribe. Pone uno Felipe y se capta a la primera. Son guiños al votante. La popularidad de un político requiere construir la ficción de la cercanía, de manera que se le llegue a considerar como uno más, como ese tipo próximo y simpático con el que se pueden tomar, cualquier día, unas cañas en un bar. Justo lo contrario de lo que pretendía, pongamos, un Luis XIV.

Esa familiaridad de llamarle a un presidente del Gobierno Felipe, Jaimito o Toñito –por galleguizar a Blair– se corresponde con un fenómeno más irritante, dado que afecta a personas que no extraen beneficio alguno de "popularizarse". Me refiero a la práctica extinción del "usted". En España, desde luego. Bancos, empresas de telefonía, compañías aéreas, comercios, tratan a sus clientes, de modo sistemático, de "tú". Y, a lo mejor, llevan razón. Pues ha venido a percibirse que el tuteo rejuvenece y como nadie quiere ser viejo, ¡quia!, todo el mundo ha de agradecer ese simbólico lifting. Es el signo de un culto social a la juventud que tiene repercusiones políticas. Se ha vuelto improbable, si no impensable, la elección de un presidente curtido por la edad. Escribe el historiador Barzun que "el hombre vulgar de aire juvenil y algo confundido es la figura grata a una sociedad democrática". El PSOE se enrabieta por lo de Pepiño, pero cuando encontró al candidato adecuado a ese perfil, le puso ZP. ¿Será respetuoso?

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