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Cristina Losada

La canonización de ZP

Al situar unos actos religiosos de los católicos en el mismo plano que un asunto civil y político, Zapatero ha revelado sin querer el trasfondo de la operación que desarrolla bajo la consigna de la memoria histórica: un proceso de "canonización".

Cristina Losada
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El socialismo gobernante milita con visible ferocidad en la causa de la separación de la Iglesia católica de la esfera pública y política. Pero, al mismo tiempo, no pierde ocasión de inmiscuirla en ella. Acaba de hacerlo el propio Zapatero al equiparar las beatificaciones de religiosos asesinados durante la Guerra Civil con las exhumaciones de las víctimas de uno de los bandos de la contienda. Unos desentierros selectivos, toda vez que la doctrina en boga prescribe que las víctimas del otro lado ya recibieron su reparación. Lo cual nos sirve la paradoja de una curiosa legitimación de la dictadura franquista: se dan por buenos los honores que concedió aquel régimen.

Al situar unos actos religiosos de los católicos en el mismo plano que un asunto civil y político, Zapatero ha revelado sin querer el trasfondo de la operación que desarrolla bajo la consigna de la memoria histórica. Se trata de un proceso de "canonización". De santificar, que beatificar se queda corto, al bando con el que el zapaterismo quiere que lo identifiquen y de demonizar a la derecha identificándola con el otro bando en liza. Es muy sencilla la cosa: canonizar a la marca Izquierda y demonizar a la marca Derecha. Aún más: se aspira a elevar a ZP a los altares, erigido en representante de la marca aquella y en vengador (a destiempo) de los agravios que se le infligieron.

Pero hay otro elemento inquietante en las palabras del presidente del Gobierno. Cuando pide a la Iglesia el mismo respeto por las exhumaciones de fosas que el que "ciudadanos de todos los colores" mostraron hacia las beatificaciones, está incluyendo a las últimas en el haber –y el debe– de un bando. Aflora ahí la posición que aún mantienen sectores de la izquierda hacia la persecución religiosa que tuvo lugar durante la Guerra: que fue merecida; o sea, que estaban justificados los crímenes de los que fueron víctimas los curas y las monjas. Y no puede decirse que permanezca escondida y subterránea esa corriente. Recién ha aparecido, en forma de apología de la violación de las monjas, en un artículo publicado por un periódico que se adorna con los galones de la seriedad y el prestigio.

En fin, la obsesión del zapaterismo y sus adláteres con la Iglesia católica tiene, sin duda, objetivos políticos, pero aún así es digna de consultarse con el doctor Freud de Viena.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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