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Cristina Losada

La clase media va al infierno

Nada desea más Zapatero que apuntalar su ruinosa política de gasto y su rapaz codicia tributaria en la especie de que trata de ayudar a los desfavorecidos y de que lo hará quitándoles a los ricos para darles a los pobres.

Cristina Losada
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Vaya por delante que la clase media no existe. No existe por la sencilla razón de que la gran mayoría de la población española forma parte de ella. Todos somos clase media, con la excepción de un pequeño porcentaje de desafortunados y otro de grandes fortunas, que tendrá la suerte añadida de evadirse de la subida de impuestos de Zapatero. Cuando todos, salvo unos pocos, somos clase media, el término deja de tener significado. Sin embargo, el Gobierno y la oposición, por razones bien distintas, están armando una dicotomía que sólo beneficia a los designios del primero. Se dirige el uno a los trabajadores y la otra, a "las clases medias". Con lo que vuelven a aparecer en el horizonte discursivo los trastos semánticos de la lucha de clases con sus dos cabezas contrapuestas: la clase obrera y la burguesía. Ya tenemos buenos y malos. El universo maniqueo que la izquierda necesita.

Nada desea más Zapatero que apuntalar su ruinosa política de gasto y su rapaz codicia tributaria en la especie de que trata de ayudar a los desfavorecidos y de que lo hará quitándoles a los ricos para darles a los pobres. En el Congreso no se atrevió a exponerlo en esos términos, pero fuera de ahí todo el año es Rodiezmo. En consonancia con la intención de encubrir el alcance de la vuelta de tuerca fiscal que prepara, insiste el Gobierno en que no afectará a las rentas del trabajo y sí, en cambio, a las del capital. El caso es que la opinión pública visualice que no se exprimirá al trabajador, sino al capitalista. Cuando el tal capitalista puede ser un jubilado que cobra una pensión modesta y guarda en un fondo de inversión los ahorros de toda una vida. Más le hubiera valido gastarse esas perras en viajes al Caribe. Y conste que fue Zapatero quien redujo y unificó el tipo fiscal de esas rentas que ahora quiere subir. Será el chocolate del loro lo que se recaude por ese concepto, pero la clave son las palabras, puestas, de nuevo, al servicio de su política: trabajo versus capital.

El viaje del presidente ha ido, como sugiere The Economist, de la estación del gasto a la estación de los impuestos. Debidamente aleccionados, repiten los socialistas que en materia tributaria no son dogmáticos. Parole, otra vez, que adornan con la falacia de que la presión fiscal es aquí más baja que en nuestro entorno. En punto a gasto son, desde luego, inflexibles. No habrá recortes. Zapatero desafió a los diputados a que le dijeran qué líneas del AVE pueden paralizarse. Qué gracioso. Prescinda, para empezar, de sus tropecientos asesores. Total, no le hacen falta, ¡si él sabe de todo! En fin. Aquella clase obrera de otrora no fue al paraíso de los horrores comunista, sino al jardín de la clase media, que esas vueltas tiene el denostado capitalismo. Y, ahora, nos vamos (casi) todos al infierno.

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