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Cristina Losada

La drôle de grève

Los sindicatos continúan siendo un tigre de papel, pero la futura huelga general puede ser un éxito. Y no sólo por la coacción y el miedo a los piquetes. Dependerá, oh, ironía, de la derecha. La tentación está ahí, visible en el PP más locuaz.

Cristina Losada
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El primer pulso sindical al Gobierno socialista confirma que las dos grandes centrales son un tigre de papel. Ya lo eran antes. Repárese en la huelga general de 2002, palabras mayores. Se hacía contra Aznar, enemigo do los haya. "Párale los pies a la derecha", clamaba Izquierda Unida. "Que el del bigote no se vaya de rositas", pedían los más moderados. Aquel 20-J coincidía con una cumbre de la UE durante la presidencia española y contaba con el ferviente respaldo de quien ahora la ostenta: Zapatero, ahí bisoño secretario general, que aún desconocía que la vida te da sorpresas. Con el argumentario de entonces, hoy apoyaría una HG contra sí mismo.

Todo soplaba a favor de armarla y se armó. Pero el número de bajas consignadas aquel día por la Seguridad Social reveló que el seguimiento había sido de un 17 por ciento. Los convocantes se subieron a la parra del 84 por ciento. Sin embargo, aquella fracasada huelga general fue un éxito político, que es de lo que se trata, sea cual sea su discutida y discutible entidad. Victoria que Aznar entregaría completa cuando retiró el decretazo,  qué poca originalidad con los nombres.

A juzgar por telediarios y portadas, la drôle de grève de los funcionarios ha tenido un impacto superior al que hubiera merecido de no tratarse de una huelga política. Toda HG es política y ésa del martes, también: era general en lo sectorial. Y preparatoria. Con el debido respeto, los sindicatos de funcionarios parecen recién caídos del guindo. El sector público siempre precede; sirve para crear ambiente y abrir el apetito. Resulta mucho más difícil, de buenas a primeras, parar, digamos, la Citroën o, utopía de utopías, cerrar El Corte.

Los sindicatos continúan siendo un tigre de papel, pero la futura huelga general puede ser un éxito. Y no sólo por la coacción y el miedo a los piquetes. Dependerá, oh, ironía, de la derecha, como en 1988. Si, al igual que en aquella ocasión, se apunta oficiosamente para manifestar su rechazo al Gobierno, triunfará. La tentación está ahí, visible en el PP más locuaz. Hay una alegre inconsciencia de los efectos imprevistos. El obvio: refuerza a los sindicatos. El menos obvio: no son formas. Son formas de la izquierda. La HG, pariente pobre de la HGR (Revolucionaria), no es mala porque la convoquen estos o aquellos: es mala de por sí.

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