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Cristina Losada
Cristina Losada

La 'gauche caviar' sostenible

Nada es lo que fue y el caviar ya no rezuma aquel valor simbólico, pero la tendencia de los partidos de izquierda a alejarse de las clases populares no ha hecho más que reforzarse.

Cristina Losada
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Nada es lo que fue y el caviar ya no rezuma aquel valor simbólico, pero la tendencia de los partidos de izquierda a alejarse de las clases populares no ha hecho más que reforzarse.
EFE

El asunto de la carne del que tanto se habla estos días debería llevar al tema del pescado, o más precisamente al del caviar, manjar que en tiempos vino a significar a una izquierda que había perdido cualquier contacto con las clases trabajadoras y populares de las que se decía única y auténtica representante. La gauche caviar, como se dijo allí donde surgió el término, que fue en Francia hace muchas décadas, era una izquierda que le decía a la gente lo que tenía que hacer, pero no hacía lo que decía. Era una izquierda que dictaba conductas y opiniones con la misma afición que tenía y desplegaba por el lujo. Su pretensión de defender al pueblo y a los trabajadores quedaba en puro artificio a la vista de la inmensa distancia que la separaba de ambos en todos los aspectos de la vida. En nuestro país la gauche divine, radicada especialmente, cómo no, en Barcelona, hizo las veces de la del caviar en aquella época, aunque de todo esto sólo quedó finalmente, y bien instalada, la figura, entre esnob y bufa, del progre.

Nada es lo que fue y el caviar ya no rezuma aquel valor simbólico, pero la tendencia de los partidos de izquierda a alejarse de las clases populares no ha hecho más que reforzarse. El propio Piketty, tan celebrado años atrás en la izquierda por un libro que fue superventas –ah, contradicciones–, ha recurrido al concepto de izquierda brahmánica para señalar un fenómeno que era visible desde hacía mucho tiempo. Entre nosotros, mucho antes del invento Piketty, ya circulaba lo del pijiprogre, más coloquial y también más perceptible. ¿Y qué tiene esto que ver con Garzón y sus denuncias del pecado de la carne barata? Pues que ha dejado al descubierto, más si cabe, que la distancia entre la izquierda –y esta va de verdadera izquierda– y sus supuestos representados es cada vez más impresionante. Tanto que allí, en la verdadera izquierda, ni siquiera son conscientes.

En los instantes iniciales, cuando tenían a pleno rendimiento la máquina de la demagogia e Iglesias tronaba cosas como que el problema no era que se quemaran contenedores de basura, sino que hubiera gente buscando comida en ellos, hubo cierta confusión sobre la naturaleza de aquel partido y dieron el pego como populistas. Pero que fueran populistas no quería decir que fueran populares. Y siguen sin serlo, sean lo que ahora sean, que parece que se han establecido en lo de ser pura izquierda. Una izquierda que ya no llamaremos caviar ni divina, pero que tiene una agenda política que oscila entre la exquisitez ecologista y la cruda guerra de sexos, y que cuando remeda el lenguaje de la lucha obrera es para convocar, también lo hizo Garzón, una huelga de juguetes.

Es una suerte para el PSOE, si bien se mira, que Podemos se haya quedado prácticamente con todo el negociado del pijiprogresismo. Así no tienen que ocuparse de él los socialistas. Si no tuvieran a los podemitas en el frente de las ecolopijadas y metoomanías, tendría el PSOE que poner ahí mucha carne en el asador. Carne sostenible y carísima. Y cara también en precio político.

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