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Cristina Losada

La Gran Purga del diccionario

Ese celo intolerante conocido como "corrección política", entre otros sucedáneos de revolución, pretende aplicar al vocabulario una suerte de purga estalinista

Cristina Losada
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Todo esto del sexo de las palabras y  los "códigos de lenguaje", penales, por supuesto,  ha llegado a nuestro escaparate con cierto retraso, y adoptar las modas con retraso suele llevar al punto de la sobreactuación. Será por eso que nuestros impulsores y nuestras  impulsoras de las guías de lenguaje no sexista,  elaboradas por instituciones de todo  género, igual que  las airadas censoras y los feroces censores del  informe crítico de la RAE,  me tienen un aire a un personaje de Tom Wolfe que siempre llega tarde a las tendencias.  Es el que se pone el pantalón más acampanado y la camisa de flores más aparatosa cuando esas prendas ya han sido expulsadas  a las tinieblas exteriores, y  lo hace en la presunción de que va  a la última y no  a una fiesta de disfraces, como parece.  

La ventaja de un fenómeno a destiempo es que ya tuvo su momento, y éste lo tuvo, de manera singular,  en Estados Unidos, cuna de ese celo intolerante conocido como "corrección política", que entre otros sucedáneos de revolución, pretende aplicar al vocabulario una suerte de  purga estalinista. Esas guías autonómicas, destinadas a depurar la lengua de sexismo, son nietas de los "speech codes" instituidos en universidades norteamericanas, con notable perjuicio para el flujo de opiniones e ideas que ha de nutrir  la vida académica. Más aún,  allí se publicaron unos cuantos diccionarios que acordonaban las palabras de potencial ofensivo para las mujeres y otros grupos de víctimas de nuestra –opresora- civilización. Todo ello y mucho más se hizo en el mismo espíritu que Orwell había identificado en la propaganda totalitaria y  con idéntico propósito: la uniformidad.

Ninguna ortodoxia se consolida sin la ejecución pública del disidente, por lo que ya le han puesto el capirote a la Real Academia. La hoguera está dispuesta a cualquier hora. En una columna de 1993, Russell Baker hacía notar la paradoja de que gente tan ansiosa por erradicar palabras que dañen los sentimientos, no ahorrara ningún epíteto para descalificar a sus oponentes. Ah,  el fin justifica los medios. Baker relacionaba la corrección política con el puritanismo, presto a restringir las libertades cuando el objetivo moral lo exige. Nuestros puritanos y nuestras puritanas de imitación quieren revisar el vocabulario en la creencia de que así purifican las mentes de formas incorrectas de pensar.  Cuidado, la policía del pensamiento está vigilante, aunque supongo que no llevará esposas.

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