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La indiferencia de Occidente en China

No se ha emprendido esa búsqueda de las raíces del mal que, siempre que el encausado por indiferencia es Occidente, termina en el mismo lugar común: el feroz individualismo al que nos abocan el mercado, el materialismo, el afán de lucro, la codicia.

Cristina Losada
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La pasividad de los transeúntes ante el atropello de una niña en las callejuelas de un mercado en China ha causado gran escándalo moral en todo el mundo, pero echo en falta la moralina. No se ha emprendido esa búsqueda de las raíces del mal que, siempre que el encausado por indiferencia es Occidente, termina en el mismo lugar común: el feroz individualismo al que nos abocan el mercado, el materialismo, el afán de lucro, la codicia y otros pecados capitales, que son los del capitalismo. De acuerdo a las prédicas que se imparten desde los púlpitos laicos –los otros no vienen al caso– de no ser por el Sistema, esa deshumanizadora maquinaria, los humanos seríamos bondadosos y compasivos, como lo quiere nuestra naturaleza, y nunca dejaríamos tirado a nadie en la adversidad y en la necesidad. Es la gran ilusión y la gran falacia de las utopías socialistas y de su revuelta contra la Modernidad atomizadora.

Resulta, sin embargo, que la apatía de los viandantes ante la pequeña atropellada se manifestó en una ciudad china. No en una de las metrópolis occidentales en las que, se contaba con horror ya hace décadas, uno se podía desmayar en la calle y la gente pasaba de largo. O donde, como pretendía significar una foto premiada, un inmigrante puede yacer muerto en una playa y los bañistas continúan tomando el sol tranquilamente, sin prestarle atención, sin dedicarle siquiera el tributo de una mirada. Y toda esa frialdad nos la instila el maldito Sistema. No es nuestra. ¿Y en China? Ah, en la China comunista también ha penetrado el veneno, la búsqueda del beneficio, aunque así, a ojo, el mercado de Foshan no parezca la Quinta Avenida. Pero, puesto que no se ha hecho, no debe de ser tan sencillo elevar el episodio a la categoría de símbolo y levantar nuevas actas de acusación contra los efectos corruptores del mercado sobre la moral de la sociedad.

Cómo si la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno nunca hubiera existido antes. Y no fuera un rasgo tan humano como su contrario. Cuenta el poeta Basho que en uno de sus viajes encontró a un niño de tres años abandonado a la orilla de un río. Conmovido, le dio su comida, pero luego le dejó a su suerte. Le pareció que no debía de interferir en su destino. Era el siglo XVII en Japón y era el atroz individualismo precapitalista.

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