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La izquierda que conocimos Raúl del Pozo y servidora

Es difícil situar a Podemos en las coordenadas que venimos utilizando en las últimas décadas. Hay que mirar fuera para encontrar partidos así.

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Cuando Raúl del Pozo era una estrella del columnismo, yo estaba empezando en el oficio periodístico. Empezando y, al poco, acabando, porque no mucho después lo dejé. Pero Raúl y yo coincidimos unos años en el diario Pueblo, donde entre mediados y finales de los 70, no sé bien cómo, se congregó un pequeño muestrario de toda la izquierda de entonces.

Allí estábamos, en el servicio de documentación, Juan Aranzadi, Josean Ugalde, José María Morillo, Mercedes Jansa, Marisol Cobos, Fernando Serra y yo misma, pandilla a la que luego se unieron los corresponsales que regresaron a Madrid en esa época y que se habían hecho del PCE, como Elvira Daudet, Javier Reverte o el propio Raúl. Durante una buena temporada, junto con unos cuantos trabajadores de talleres, revolucionamos aquel periódico, adscrito al Sindicato Vertical, de tal manera que se convirtió en un microcosmos de las querellas de la Transición, con peleas (físicas) incluidas.

Todavía puedo ver la cara de Cercadillo, uno de los subdirectores, cuando se refería con sorna a los carteles que poníamos como dazibaos. No parábamos de convocar asambleas, y es de ahí de donde Raúl me tiene fichada como "activista". Así lo recuerda en una columna de El Mundo que dedica, en parte, a un artículo mío ("La nueva izquierda del 36"), y que le agradezco. Aunque Raúl era del PCE y yo de la Liga, siempre nos llevamos bien. Conste que entonces la extrema izquierda tenía por enemigo no ya al enemigo, sino muy especialmente al PCE posibilista de la Transición.

Pero una de las cosas buenas de codearse con gente de otros grupos es que rompe el sectarismo. Las sectas se encierran en sí mismas y encierran a sus miembros para evitarlo. En aquella temporada en Pueblo yo descubrí además que los trabajadores, lejos de la clase obrera mítica en la que se depositaba la esperanza revolucionaria, no querían saber nada de revoluciones: querían mejorar sus condiciones de trabajo. Y esto me lleva, de un modo u otro, espero, al asunto.

Raúl decía en su columna que yo me preguntaba si Podemos era la nueva izquierda posmoderna o la izquierda de siempre. Si esa es la impresión, corrijo: sólo me preguntaba lo primero, porque la izquierda de siempre no sé lo que es. Si me remonto a la que conocimos Raúl y yo, la izquierda no era una, no era homogénea, sino todo lo contrario. Quizá la principal diferencia era esta: había una izquierda que estaba en la realidad, y había otra que estaba fuera de ella. Sin la primera no se hubiera podido hacer el tránsito a la democracia. La segunda simplemente fue arrollada por los acontecimientos; se equivocó en sus análisis, en sus pronósticos, en su praxis política. En todo.

Ahora que se habla con aparente temor del marxismo-leninismo de los fundadores de Podemos, conviene recordarlo: los que se decían entonces marxistas-leninistas, y era un momento tan crítico como el de la Transición, fracasaron de forma estrepitosa. No es por su presunto leninismo (¿qué significa ser leninista cien años después de la revolución rusa?) que Podemos ha logrado ser el tercer partido en el Congreso. Más aún, la novedad de Podemos consistía en dar por finiquitado el eje izquierda-derecha –"es un eje perdedor", dijo Iglesias no hace tanto– y en su capacidad para desplazarse rápidamente hacia uno y otro lado del espectro.

Su innovación, respecto a la extrema izquierda, fue desembarazarse de su retórica y sus gestos. Nunca IU hubiera hablado de patriotismo, ni hubiera dicho que su programa es socialdemócrata y su modelo, Noruega. Los de Podemos, sí. Claro que un día dirán eso y al otro lo contrario. Y un tercer día, como sucedió en el primer debate de investidura, desempolvan el lenguaje que, de forma inteligente, habían abandonado. Era el lenguaje que reservaban para actos más minoritarios y militantes. El que revelaba su procedencia: la extrema izquierda. Con todas sus limitaciones.

Es difícil situar a Podemos en las coordenadas que venimos utilizando en las últimas décadas. Hay que mirar fuera para encontrar partidos así. Porque comparte la condición camaleónica, y extremadamente oportunista, con los partidos populistas que han ascendido, a raíz de la crisis, en otros países de Europa. Guardan muchas más similitudes con ellos que con los partidos de la nueva izquierda, como la que representan los Verdes alemanes. Incluido un rasgo importante: no buscan influir en la agenda política, sino conquistar el poder. No es tampoco Podemos la extrema izquierda que hemos conocido, aunque en ocasiones suene como ella y sus fundadores vengan de allí. Pero a la que no se parece, desde luego, es a la izquierda que conocimos Raúl del Pozo y yo.

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