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La izquierda y las políticas de identidad

Las políticas de identidad han acabado con la identidad de la izquierda. Pero, nada, oye, que sigan jugando a lo mismo.

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C.Jordá

Hace cosa de un mes, un exdirigente del PSOE, Eduardo Madina, publicó en El País una tribuna sobre las políticas de identidad y el feminismo. Lo hacía para negar, básicamente, que el feminismo en su vertiente española, al que él presentaba como un movimiento o pensamiento homogéneo, estuviera inserto en el marco de esas políticas identitarias que subrayan y refuerzan las diferencias entre los distintos grupos sociales en detrimento de las semejanzas que existen entre todos los ciudadanos. Esto es, el tipo de política que caracteriza a buena parte de la izquierda, empezando por la norteamericana, cuyo ejemplo siguieron otras, desde que abandonó la tradicional política de clase, centrada en los problemas económicos y sociales, para reemplazarla por otras basadas en los problemas de identidad y de autorrealización. Sexo, raza y etnicidad se convirtieron en la nueva trinidad ideológica, con mayor o menor acento en alguna de las variables en función de las circunstancias.

Decía Madina allí que el feminismo en España, que insisto, veía como un bloque monolítico –ay, la tendencia a la uniformidad de los paladines de la diversidad– trascendía "con mucho a proyectos basados en la identidad, a retóricas de la diferencia, a esa dinámica de fragmentaciones que está detrás de la dificultad existente para trenzar proyectos compartidos de país, modelos de sociedad que describan sobre todo lo que nos une. Estamos ante un proyecto que apela a la igualdad, no a la diferencia". El intento era meritorio, más cuando lo hacía remitiéndose al ensayista norteamericano Mark Lilla, quien lanzó justo después de la victoria de Trump una severa crítica a las políticas de identidad de la izquierda de su país y fue linchado, como es costumbre, por los más radicales, incluidas las feministas. (Aquí la versión original y la traducción al español de aquel artículo de Lilla).

Meritorio, pero no cuela.

Hay en España un feminismo, si así queremos llamarlo y quiere llamarse, que no busca dividir, mucho menos en buenos y malos genéricos, ni atizar una guerra de sexos ni culpar al Hombre y victimizar a la Mujer, y que ante todo reconoce la realidad: los avances que se han dado en igualdad y los problemas que siguen pendientes. Es aproximadamente la posición que expresaba el manifiesto No nacemos víctimas, que firmamos de entrada una treintena de mujeres y después muchas otras, y que tanta irritación provocó a los impulsores de la huelga feminista del 8 de marzo. Pero hay en España otro feminismo, el único verdadero, según sus portavoces y portavozas, que desafía una por una las afirmaciones que hacía Madina. En suma, que está en la sacralización y cierre de la identidad –victimizada–, en la retórica de la diferencia –insalvable–, en la dinámica de fragmentación –agresiva–, y que no trenza ningún proyecto compartido por más que apele –hipócritamente– a la igualdad.

Qué proyecto compartido va a trenzar cuando tiene vocación de ideología única. Cuando denuesta y ataca a las mujeres que disienten de ese intento suyo de apropiación y distorsión. Cuando empieza por negar la realidad. Cuando la visión apocalíptica que transmite legitima una enmienda a la totalidad al orden social y político, tal como viene pretendiendo un populismo de izquierdas con el que sería de tontos no ver las coincidencias, porque ahí sí hay un proyecto compartido: el que marca el interés político y electoral de un partido en retroceso. Por más que pueda decirse que los movimientos y movilizaciones de masas están por encima de quienes los impulsan y no siguen necesariamente su agenda, también hay que decir que esa tiende a ser la excepción. Más en una sociedad como la española, donde la sociedad civil tiene un entramado relativamente débil –se manifiesta mucho, pero se organiza poco– y los partidos y sus apéndices desempeñan, a la hora de dirigir y capitalizar la movilización, un papel crucial.

El manifiesto que levantó tantos sarpullidos y desató una razzia de las habituales partidas de cazadores y linchadores lo hizo porque dio en la diana. Desde su mismo título: No nacemos víctimas. La victimización es el centro nuclear de las políticas identitarias. Cuando lo hacen los nacionalistas y separatistas, otros que tal bailan con las políticas de identidad, lo solemos llamar victimismo. No voy a ser purista, así que diré que se parece mucho. La cuestión es que eres víctima porque, en razón de tu sexo, etnicidad o características culturales o lingüísticas, perteneces a un grupo que ha sido o es desfavorecido, real o falsamente –caso del separatismo catalán–. La segunda cuestión es que no puedes dejar de serlo.

No puedes dejar de ser víctima en el sistema político y económico existente, donde sitúan la causa primera y última de esos males y todos los demás. Para el feminismo radical, mientras existan el capitalismo y el heteropatriarcado, las mujeres son víctimas por definición. No hay mejoras posibles. Ni les interesan, conviene añadir. El camino de la reforma está fuera de su campo, y les resulta contraproducente. Por eso tienen que negar que haya habido algún avance. Por eso no pueden soportar que alguien diga: no nacemos víctimas.

El problema de quienes "juegan el juego de la identidad", decía Mark Lilla, es que tienen que estar "preparados para perderlo". Lilla es un liberal (en el sentido norteamericano del término) que ve los excesos y los efectos imprevistos del juego con la identidad. "Su obsesión [la de los liberales] con la diversidad ha animado a estadounidenses blancos, rurales y religiosos a pensar en sí mismos como un grupo desfavorecido cuya identidad se ve amenazada o ignorada", escribía.

En definitiva, la fijación con la diversidad, tantos años de "omnipresente retórica de la identidad" han traído a Trump. Lo han llevado hasta la Casa Blanca. La incapacidad del progresismo norteamericano para trenzar un proyecto y un discurso comunes, para apelar a lo que une a los ciudadanos, lo ha conducido a su derrota. Eso decía Lilla. Y me atrevo a añadir: las políticas de identidad han acabado con la identidad de la izquierda. Pero, nada, oye, que sigan jugando a lo mismo.

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