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Cristina Losada

La izquierda y los buenos modales

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Las sesiones de control al gobierno de la Cámara de los Comunes del Reino Unido me suscitan, cada vez que veo alguna por la tele, envidia y admiración. ¡Qué bien se lo pasan! Pues logran disfrutar de un debate ardoroso, que encuentra desahogo físico en esos yeah! que corean, sin desembocar nunca, que yo haya visto, en el enfrentamiento bronco y la expresión y el gesto groseros que suelen aparecer en nuestro foro político. Son contundentes y demoledores, y a veces arman un guirigay que el presidente debe solventar con gritos de order! y martillazos (sobre la mesa), pero en las bancadas de allí no se ven las actitudes de burla y odio al adversario que surgen en las de aquí, particularmente, debo decir, en las de los socialistas.
           
El viernes pasado, Germán Yanke impartió en Vigo una brillante y amena conferencia sobre su nuevo libro Ser de derechas. Lo hizo con gran éxito de público, y como es habitual en el Club Faro de Vigo, tras la disertación se hicieron preguntas, que fueron interesantes y estuvieron bien formuladas (menos la mía). El ambiente era el que se supone que debe de haber en ese tipo de actos, es decir, se escucha con respeto y luego se pregunta con normalidad, pero según algunos asistentes, no siempre era así, lo que llevó a formular la hipótesis de que “la gente de derechas tiene mejor educación”. En el sentido de buenos modales, “good manners”, dirían los de los Comunes.
           
De entrada no me pareció correcta la teoría, pero luego fui viendo en ella más enjundia de la que aparentaba. Es más, llegué a la conclusión de que en las ideas y tradiciones marxistas hay elementos que explican que la izquierda de esa raíz propenda a la mala educación –insisto, en el sentido de modales–. Los buenos modales son criticados, ya por los padres del marxismo, como resabios propios de la burguesía y, por tanto, despreciables. La clase obrera no debía asumir tales rasgos, sino al revés: los burgueses que quisieran unirse a los obreros debían despojarse de aquel barniz. Pasemos por alto que muchos dirigentes comunistas salieron de la burguesía para no adentrarnos en las contradicciones del marxismo.
           
¿Sigue pesando esa vieja tradición en la izquierda? Pues en la española parece que sí. Aunque puede que haya sido desplazada por otro poderoso generador de sentimientos de desprecio y animadversión: la imagen que tiene de la derecha. Aquí la izquierda, como señala Germán en su libro, ha fabricado una caricatura de la derecha con todos los vicios y defectos posibles, de modo que la retrata como antidemocrática, dogmática, dictatorial, machista, insolidaria, violenta, etc. Ello tiene una ventaja inicial: “resulta más fácil de combatir este espantapájaros que la ideología de la derecha y sus fundamentos intelectuales”. Pero también le induce a emplear un tono crispado concordante con la caricatura que difunde, lo que enrarece y empobrece el debate político. Los buenos modales iniciales de Zapatero no podían durar mucho. No era el talante al que la izquierda ha acostumbrado a su parroquia.
 
Si a esto unimos la convicción de superioridad que exuda y la prepotencia que cultivó durante su estancia en el poder, se explican, al margen de características individuales, las actitudes insultantes de que hacen gala muchos dirigentes y asociados del PSOE. La última y sonada aparición de González, los gestos y gritos en los debates sobre la guerra en el Congreso, la poca elegancia que mostraron en la despedida de Aznar allí, son muestras más de mala educación que de vehemencia política. Lo peor es que esa tendencia conecta hoy con una parte de la sociedad: la que asiste con regocijo a la elevación de la grosería a género televisivo y la imita.

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