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Cristina Losada

La mascarada anti-guerra

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A principios de año oí esta pieza del pensamiento político de la actriz Victoria Abril: “(Me va) muy bien, salvo por la manipulación de la pela, por esas multinacionales... que por desgracia tienen que morir muchos para que otros sean felices”. Animó al público a ver su última película para que no olvide “cómo somos los españoles, antes de que nos hagamos todos americanos” y salpicó todo ello de okeys y otros latiguillos del imperio abominado. Pensé: ¡Cómo están la cultura política y la coherencia de nuestros actores! Quién me iba a decir que poco después lo más granado de la profesión se pondría al frente del movimiento político del momento, el anti-guerra, con pronunciamientos no menos grotescos.

“Uno de los misterios de la política”, dice J. F. Revel en La gran mascarada, “es su capacidad para provocar la brusca degradación de muchas personalidades por lo demás brillantes”. Sin dar por sentada la brillantez, algunos ejemplos. Ana Belén: “que (Bush) no nos lleve a toda la comunidad mundial a una guerra solamente porque quiere vengarse de lo que le hicieron a su papá”. Penélope Cruz: “Intentar combatir la violencia con la violencia es inconcebible”. Pedro Almodóvar (aparte del famoso comunicado): “La única prevención que existe en una sociedad civilizada es la paz”. Benito Zambrano: “Porque estamos contra la guerra estamos contra el terrorismo”. Almudena Grandes: “Una guerra preventiva jamás puede estar justificada”. Juan Diego: “O profundizamos en la democracia o la democracia no sirve a los intereses de la población”. Javier Álvarez: “Ya está bien de coñas. No a la guerra, no al dinero, o sea, no al petróleo. No al puto dinero”.

Pese a estas y otras muestras de indigencia intelectual, los actores y adláteres metidos en la campaña anti-guerra en España han gozado de amplia y reverencial cobertura mediática y no se ha dejado de subrayar que están a la par, nuestras estrellas, con ese Hollywood que está contra la guerra o que teme decir no a la guerra por miedo a represalias, típicos temas de reportaje de ahora y antes. Interesada en comparar el cacumen político de los nuestros con el de sus modelos busqué y no encontré en lo que va de año en Newsweek noticia alguna sobre lo que dicen la Sarandon y su marido, Sean Penn o Jessica Lange. Si ese semanario de línea progre y anti-guerra no lo considera de interés para sus lectores, si allá los actores han tenido que pagarse anuncios en los medios, ¿por qué aquí se les saca tanto y gratis?

Parte de la respuesta está en las fotos de la mani de Madrid publicadas en El País: la mayoría de las gentes “de la cultura” que ocupaban la primera línea, trabajan para Polanco. Lo que no es raro, pues sus empresas tienen una posición dominante en el mercado de la cultura en España. La campaña anti-guerra resulta así una campaña publicitaria para las figuras y, por ende, los productos de su industria, que obtienen gratis espacios considerables en todos los medios de comunicación, incluidos los de la competencia.

¿Es casualidad que las gentes del cine abrieran la marcha? El cine español está en horas bajas; necesita enganchar al público y necesita dinero. Hacer pasar a los cineastas por defensores de la popular causa de la paz puede ayudar a lo primero y colocarlos frente al gobierno a lo segundo, pues permite el siguiente chantaje, ya en ciernes: si no nos dais la pasta, es en represalia por nuestra “rebelión” contra la guerra. La supuesta tradición de lucha por las libertades de este colectivo no le hizo pasar de comparsa en algunas acciones contra la dictadura, por no hablar de su clamorosa ausencia del combate por la libertad en el País Vasco.

Y si nos creemos sus confesiones de radical pacifismo, ¿en qué planeta estaban cuando empezó esta guerra del Golfo, cuando EEUU intervino en Kosovo, cuando Rusia lo hizo en Chechenia, cuando Francia lo hace en Costa de Marfil ahora mismo? La lista de ausencias de nuestros amantes de la paz resultaría demasiado larga. Pero la diferencia con el 91 es obvia: entonces gobernaban “los suyos”, ahora no. Y el objetivo esencial de esta campaña, como de la del Prestige, que se han solapado claramente –Nunca máis guerra– no es otro que socavar al Gobierno de la derecha para barrerla del poder, si es posible, per seculae seculorum. Lo cual es una operación política, pero no sólo: se trata de acabar con los últimos y relativamente endebles obstáculos a la hegemonía cultural y social de la oligarquía representada por Polanco. Se trata de crear una sociedad en la que dominen los valores, creencias y estilos de vida que vende el emporio con sus productos.

Cuando un individuo grita “no al puto dinero” ante las cámaras y micrófonos de todos los medios de España en uno de los santuarios de Polanco, sus cajas registradoras deben sentir un escalofrío de placer: ganar dinero con el no al dinero, expandir el mercado de los anti-mercado, combinar populismo ramplón y elitismo sectario, son algunas de las apuestas de una estrategia de marketing que pasa por la homogeneización social. La mascarada anti-guerra es una campaña comercial más, modelada por el cinismo de quienes se enriquecen vendiendo ideas que son la antítesis de las que rigen su praxis.

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