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Cristina Losada

La mediocridad moral contra Jesús Neira

Resultó que el héroe no se ajustaba al molde. ¡Parecía de derechas! Ello arrojaba nueva luz sobre su acción. Había sido el típico acto de un machista. De un hombre patriarcal y protector. No había salvado a una mujer movido por convicciones feministas.

Cristina Losada
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En un principio, se le tomó por un héroe. Rescatar a una mujer de la agresión de su pareja, recibir golpes que a punto estuvieron de matarle y pagar por tal coraje cívico con más de ocho meses de hospitalización, parecía digno de encomio, de premio y de obtener la consideración de ejemplar ciudadano. Oh, ingenuidad de ingenuidades. Las cosas ya no van así en España.

Mientras aún estaba en coma, la telebasura encumbró a la desagradecida mujer por la que había arriesgado la vida. Su defensa cerrada del agresor y su rencor hacia Neira sembraron las primeras dudas. Las dudas mutaron en sospechas en cuanto el profesor salió del grave trance y comenzó a hacer declaraciones. Resultó que el héroe no se ajustaba al molde. ¡Parecía de derechas! Ello arrojaba nueva luz sobre su acción. Había sido el típico acto de un machista. De un hombre patriarcal y protector. No había salvado a una mujer movido por convicciones feministas. Mal asunto.

Pronto cruzaría Neira esa frontera sutil que separa la condición de sospechoso de la de culpable. El Partido Socialista de Madrid ha pedido su cabeza. Alega razones curiosas. Como escribir un libro. Los socialistas piensan que los libros son peligrosos. Su dirigente cree incompatible criticar la Constitución en letra impresa y ocupar cargos públicos. Dígaselo a Zapatero, a ver si, de una vez, expulsa a los proetarras de los ayuntamientos. Y a los de ERC y del BNG y a cuantos rechazan y hasta desacatan la Carta Magna, al tiempo que son grandes amigos y aliados de su partido.

Todo ello hace ruido, pero no es más que la espuma. La ruindad de costumbre. El proceso de la destrucción civil de Neira no hubiera tenido lugar sin la existencia de una ruindad más profunda. No se le condena sumariamente por no ser de izquierdas ni feminista ni por criticar al PSOE. El pecado capital de Neira consiste en haber sobresalido en el piélago de la mediocridad moral como un raro islote. Eso sí que es mal asunto. La supervivencia del mediocre moral exige eliminar a quien deje en evidencia su falta de virtudes ciudadanas. Como en la esfera profesional y en la política, el rebaño castiga a los que rompen la grupal atonía. Los héroes no son bienvenidos. Nadie puede ser mejor que nadie.

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