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La mentira y el miedo

Zapatero no debe su victoria en 2004 a una reacción contra la mentira, sino al miedo. La mentira fue el lema presentable, la justificación para la indignación rugiente, pero los votos los levantó, singularmente, el pánico.

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En estos cuatro años se han creado, tal y como subrayan los dirigentes socialistas, nuevos derechos. Uno de ellos es el derecho del Gobierno a negociar con una banda terrorista. Otro, el derecho del Gobierno a mentir en el ejercicio del derecho anterior. En virtud de esos derechos instaurados de facto por el zapaterismo, la prueba fehaciente de que el presidente mentía cuando aseguró que suspendía todo diálogo con ETA tras el doble asesinato en Barajas, ha sido ya desechada por parte de la opinión pública que fue víctima del engaño. Platón regresa: "Si hay alguien con derecho a mentir éste sólo puede ser el gobernante de la ciudad, a fin de engañar a sus enemigos y a sus propios conciudadanos en beneficio de la comunidad". Pero actualizado: antaño, la mentira política servía para embaucar a los demás gobiernos; ahora, a los votantes.

Un observador de esos que no existen salvo en la imaginación del columnista, se preguntaría cómo es posible que en España, donde, según las noticias, cayó un Gobierno por mentir, la revelación de este embuste presidencial apenas haya alterado el pulso de la nación. Nuestro observador, ciertamente, leyó en 2004 la prensa extranjera y nacional, escuchó a Rubalcaba el 13 de marzo y ha visto los miles de textos que aseguran que el PP perdió las elecciones por mentir respecto a la autoría de la masacre de Atocha. Pero, lamento decirlo, no se ha enterado. Si ha extraído la conclusión de que millones de españoles castigaron al PP por la presunta mentira y que, por lo tanto, son criaturas que vigilan con especial rigor la veracidad de sus gobernantes, no conoce el percal. Sólo es preciso echar la vista atrás, posarla sobre los triunfos electorales del partido del GAL y la corrupción, para percatarse de la indiferencia de un sector del electorado hacia la mentira y la falta de honradez de sus representantes. Subráyese el "sus", o sea, los que son de los "suyos".

Contra lo que se contó en tantas crónicas, Zapatero no debe su victoria en 2004 a una reacción contra la mentira, sino al miedo. La mentira fue el lema presentable, la justificación para la indignación rugiente, pero los votos los levantó, singularmente, el pánico. El mismo pavor al terrorismo que está pudriendo, desde hace tiempo, la capacidad de autodefensa de un Occidente claudicante hasta el suicidio frente a los enemigos declarados de la sociedad abierta. Y que, en España, se junta y revuelve con un odio al PP atizado por socialistas y nacionalistas, que también explota el miedo. Pero si esta retrospectiva tiene interés hoy, cuatro años después, es por su trascendencia en la negociación de Zapatero con ETA. El presidente comprendió que había sido elegido por los apaciguadores. Más aún: él mismo es uno de ellos. Conectó con ese mandato y se dispuso a cumplirlo como sea. Esto es, cediendo ante los terroristas lo que hiciera falta. Para aquella parte de la sociedad que se muestra dispuesta a plegarse ante la amenaza, el precio y el proceso son pormenores sin importancia. El fin justifica los medios y adelante. En ese contexto, Z ha interiorizado que sus mentiras sobre las reuniones y las componendas con los terroristas pasarían el filtro una vez al descubierto. La mentira triunfa cuando la verdad no interesa.

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