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La noche de los muertos vivientes

Las urnas, cual coche fúnebre, han depositado otro cadáver político en la sala de autopsias del PSOE: el de Rubalcaba. Así ha concluido, como una ganga, dos por el precio de uno, la liquidación. Ni voto útil ni voto del miedo.

Cristina Losada
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Una de las grandes escenas de Charada, un divertido thriller de Stanley Donen, con Cary Grant y Audrey Hepburn, es la del funeral del marido de la ingenua protagonista. Allí, en la iglesia, van apareciendo hombres malencarados que se acercan al féretro y examinan atentamente las facciones del difunto, proceso que culmina uno de ellos clavándole un alfiler para verificar que está muerto. Las elecciones del 20-N han sido, para Zapatero, como aquel alfilerazo: una mera comprobación. Rutinaria, pero no redundante. La novedad es que las urnas, cual coche fúnebre, han depositado otro cadáver político en la sala de autopsias del PSOE: el de Rubalcaba. Así ha concluido, como una ganga, dos por el precio de uno, la liquidación. Ni voto útil ni voto del miedo. La izquierda volátil, ésa que había logrado aglutinar ZP, ha volado a otros palomares. Y el candidato aniquilado se resiste a reconocer su condición, igual que hizo, en su día, el presidente. Quiso irse y quedarse a la vez, con los resultados que están a la vista. La de los socialistas fue la noche de los muertos vivientes.

El zapaterismo, como alguna vez se había advertido, llevaba en sí mismo el germen de su propia destrucción. Así, junto a su errática gestión de la crisis, han pasado factura los efectos imprevistos de su aventurerismo. De su mimetización con el nacionalismo ha recibido en Cataluña, como premio, una debacle que, de paso, convierte a Chacón en otro cadáver político ambulante. Y del "proceso de paz", ha extraído un retroceso de su sucursal vasca y un avance tal de los servicios auxiliares de ETA, que ya comen el terreno a quienes, junto a los socialistas, más porfiaron por legalizarlos. Claro que ese regalito envenenado, en forma de grupo parlamentario del entorno terrorista, se lo traspasa al nuevo Gobierno. Y visto el crecimiento de la paleoizquierda, no es absurdo suponer que la mayoría absoluta tendrá que vérselas con un parlamento levantisco. Si fuera así, la situación no admitirá fácilmente la suerte de no-liderazgo que ha venido ejerciendo Rajoy.

Los que han subido al carro de la victoria tienen ante sí una tarea difícil, para la que van a contar con pocos aliados en el Congreso, si alguno. En CiU encontrarían un apoyo a las reformas económicas, pero a un precio que no se puede ni debe de pagar. UPyD es todavía un brote y su carácter transideológico le hará bascular en tales materias. Y el PSOE estará en la oposición incluso antes de limpiar la morgue. Mucho me temo que el PP ha de hacerse a la idea, que tan poco le gusta, de la soledad.

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