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Cristina Losada

La Nomenklatura

Todo apunta a que el abuelo es una de esas cartas que un demagogo juega para darse un toque humano y sentimental, para llegar al corazón blando y rosa del pueblo y que cuaje la especie de que un hombre así no puede ser mala gente.

Cristina Losada
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Otro día sin memoria. Y van... ni se sabe. Uno acude a la web del Congreso y se encuentra que Tardá, telonero de la memoria antifascista y republicana, prueba viviente de que la memoria es selectiva, no ha presentado ninguna iniciativa para apremiar a Zapatero a que rehabilite la figura de su abuelo. Lo anunció para la semana pasada, y ni rastro. Mucho tarda Tardá, pero más tarda el gobierno. ¿Será porque el tiempo no corre en la memoria? En los Balcanes, donde se libró la última de las guerras civiles europeas, los periodistas no podían distinguir si las historias de horror que les contaban habían ocurrido el día anterior o en 1941, en 1841 o en 1441. Lo testimonia Michael Ignatieff, que observó de cerca aquel estallido de odios calentado por el nacionalismo, y tolerado por la vieja Europa hasta que la sangre empezó a salpicar, los refugiados a incordiar, y hubo de llamar al amigo americano.

Entramos en marzo, y los bombásticos planes de recuperación de la memoria histórica no asoman la gaita. Un proyecto diseñado por el ministerio de Cultura se anunció hace un año, y ya nos dieron las uvas. Que Calvo se retrase no asombra. Organizar la desmembración del Archivo de la Guerra Civil, con su baile de cajas nocturno, requiere horas extras. Pero de Zapatero se esperaba más diligencia, toda vez que presenta su vocación política como una entrega a la rehabilitación del capitán Lozano. Hay quien cree que la clave de ZP, ese chip que todos andamos buscando y no aparece, tal vez porque no existe, reside en aquel capitán que sofocó la insurrección de Asturias y cuyo testamento le ha dado al menos material para ensamblar un taburete de tres frases. Y se piensa que el fusilamiento del capitán le ha imbuido de rencor y de una febril obsesión por el desentierro de la guerra.

Pero, ya ven, mucho ruido y pocas nueces. Las leyes de la memoria o duermen o no acaban de nacer. Y lo que hay que preguntarse, en este revival de muertos, es si alguna vez Zapatero, en sus largos años calentando escaños, presentó una propuesta para dignificar a las víctimas del bando de su abuelo. Si intentó mejorar las pensiones de miseria que les daban los gobiernos socialistas. Si en sus tiempos de anonimato se interesó por esas víctimas y las del franquismo. La respuesta, me parece, va a ser que no. Pues todo apunta a que el abuelo es una de esas cartas que un demagogo juega para darse un toque humano y sentimental, para llegar al corazón blando y rosa del pueblo y que cuaje la especie de que un hombre así no puede ser mala gente. Un buen recurso hasta que cometió la torpeza de usarlo frente a las víctimas de ETA.

El caso es que el gobierno quiere rescatar la voz de los antepasados, pero no acaba de escribir la partitura. Y ello es así porque los antepasados se lo impiden. Porque son legión aquellos que en su gobierno, en su partido, y en el frondoso bosque que a ambos protege, cuentan con ancestros en el bando que fusiló a Lozano. Porque son muchos, entre los suyos, los que con el franquismo se labraron su posición y se hicieron famosos y ricos. Levantar el telón sobre aquellas miserias, dejaría al descubierto algo más que huesos; hasta podrían aparecer apellidos conocidos firmando sentencias de muerte. La canción de Víctor Manuel a Franco por los 25 años de paz será un pecado venial al lado del paisaje de ignominia que veremos ese día, el de la memoria plena. Pues la Nomenklatura del franquismo no nos sonará extraña; ahí están los mismos. Y tejer una memoria expurgada lleva tiempo.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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