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La nostalgia del catalanismo moderado

Debajo de los adoquines separatistas no está la playa. Está el cadáver de aquel catalanismo pactista y dialogante.

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Mariano Rajoy, en el Congreso | EFE

"En cualquier caso, habrá que juzgarlo por sus hechos". Esto fue lo primero que dijo el presidente Rajoy sobre el hoy presidente de la autonomía catalana, Quim Torra. Fue cuando se supo que le había designado el prófugo Carles Puigdemont para sustituirle provisionalmente en el trono. Digo "trono" teniendo en la retina ese dorado sillón de época, quizá una imitación, donde se sienta para recibir a sus cortesanos en Berlín, con estatuilla de la Virgen de Montserrat en la mesita de al lado. Cuando Rajoy dijo aquello ya había salido a la luz una primera muestra de lo que lleva dentro el suplente, pero el presidente prefirió mantenerse en los hechos. Exactamente igual que después de oído el discurso de investidura, cuando dijo: "Lo que hemos visto y escuchado no nos gusta (...) pero vamos a juzgarle por sus hechos".

Las palabras y los hechos. No es la primera vez que el presidente y el Gobierno se encomiendan a los hechos para desestimar y subestimar las palabras. Así lo hicieron desde el lanzamiento del cohete separatista. Desde que Artur Mas empezó la cuenta atrás. Había que esperar a los hechos por venir y dejar a un lado, mientras tanto, las palabras que llegaban. Sólo los hechos importaban, porque las palabras, ya se sabe, se las lleva el viento. Y esta óptica fue la que dominó hasta octubre, cuando los hechos anunciados y traídos por las palabras ya no pudieron soslayarse. Por eso, este regreso al aparentemente sólido mundo de los hechos es una vuelta atrás. Cuando llegan los hechos, como mostró el 1 de octubre, ya es tarde.

Esta subestimación de las palabras es tanto más inexplicable cuanto que se aplica a un proceso como el separatista. No se ha fundado sólo en palabras, pero se ha levantado con la palabra. Se ha sustentado en una historia falsificada, en unos agravios inventados, en una victimización injustificada, en un discurso del odio: todo ello, palabras. Palabras como las que ha usado precisamente Quim Torra en su producción periodística y cultural. Palabras que han repiqueteado durante años los medios de comunicación al servicio del proyecto separatista, singularmente la televisión pública autonómica. Palabras crecidas con el soporte de la imagen: como las imágenes del 1 de octubre, que el Gobierno no quiso contrarrestar. Sin las palabras, y sin el dominio prácticamente incontestado de la palabra separatista en Cataluña, no hubiera habido nada.

En el afán de Rajoy por ceñirse a los hechos y no juzgar por las palabras se adivina una esperanza. Una esperanza en que las palabras que anuncian y pronuncian desacato y rebelión sean fuegos de artificio. La típica retórica para el consumo interno. El clásico discurso para hacer ver que seguirán en sus trece, pero que ya desmentirá a su debido tiempo la práctica. Es una esperanza que esta experiencia ha demostrado infundada. Pero se alimenta de la nostalgia. Aún tienen esa esperanza porque creen que bajo la exaltación separatista pervive todavía el catalanismo pactista, dialogante y moderado que recuerdan. Un falso recuerdo: aquel nacionalismo posibilista existió, entre otras cosas, para conseguir el poder suficiente a fin de hacer lo que está haciendo. Y, sobre todo, una falsa esperanza. Debajo de los adoquines separatistas no está la playa. Está el cadáver de aquel catalanismo pactista y dialogante. Nada queda de aquello. Tampoco quedan sus votantes. Si antes podía haber dudas, los resultados del 21-D las despejaron. Son nostalgias y esperanzas peligrosamente confortables.

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