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La nueva izquierda del 36

El discurso de esta gente es el Pleistoceno y mal contado.

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Mientras el diputado Iglesias leía un remake de los panfletos que distribuíamos en los setenta con poco éxito, no sólo admiraba su contundencia la vicesecretaria de Estudios y Programas del PP, Andrea Levy. Distintos opinadores, reunidos en la barra de bar tuitera, comentaban, unos arrobados, otros inquietos, que se estaba "quedando con toda la izquierda". Quizá debiéramos ponernos de acuerdo en qué es la izquierda para empezar a hablar, pero sospecho que será imposible. Imposible, antes que nada, porque una parte de la izquierda derivó hace tiempo en una mera proclamación sentimental, una suerte de afirmación de virtud con la confortable superioridad moral acompañante, y ello tanto en detrimento de una identificación con un conjunto de políticas concretas como en reemplazo de una alternativa. La que ya había caducado antes de 1989.

Aun contando con los emoticonos izquierdistas, es difícil que el panfleto amarillento que sirvió Iglesias ponga en pie y con el puño en alto a más peña de la que suele congregar la extrema izquierda de toda la vida. Oligarquías, títeres, lacayos, Komsomoles soviéticos, jefes de escuadra de la posguerra española, pelotones de fusilamiento, Nelken, don Inda y Negrín. Todo esto que desfiló por el discurso es el Pleistoceno y mal contado. Falsamente contado. ¿Dónde estaban los "millones" de personas que lucharon contra el franquismo? Sencillamente no estaban. Júzguese como se quiera el hecho, pero el hecho es el que es. Los que lucharon contra el franquismo tuvieron –algunos tuvimos– ocasión de comprobarlo. Y de asombrarse ante el número colosal de antifranquistas que aparecían décadas después. Un colosal engaño y un vergonzoso autoengaño.

Cuando el partido Podemos empezó a ser algo, algunos politólogos apuntaron que podía ser el embrión de la nueva izquierda que no había surgido en España. De la nueva izquierda que no quiso o no pudo ser Izquierda Unida por la sequedad de su raíz comunista. Lejos de esa extrema izquierda fosilizada había espacio, se decía, para una nueva izquierda del tipo de los Verdes alemanes, que han sido capaces de influir en la agenda política y, andando el tiempo, de pactar con uno y otro lado del espectro. Bien. Puede que hubiera el espacio, pero yo nunca aposté por ese pronóstico sobre el partido de Iglesias. Desde que vi a sus fundadores cantando "La Estaca", de Llach, cogiditos de la mano, incluso emocionados, los ubiqué en los 70 y en el kitsch. No en el principio de una nueva izquierda, sino en el epílogo de una izquierda que era anacrónica cuando se fue.

Que acierte o yerre el partido Podemos, que congregue a más o menos nostálgicos de la mitología antifranquista o izquierdista, es indiferente: es su problema. No debe causar indiferencia, en cambio, que un partido de izquierdas en España, que el tercer partido en votos y escaños, se asiente en recuperar los bandos del 36, en ese eterno retorno a nuestros convulsos años treinta y a la dictadura, en el regreso a la guerra civil y sus secuelas que periódicamente marca el terreno de la política española. James Joyce puso en boca de Stephen Dedalus: "La historia es una pesadilla de la que trato de despertar". Ese despertar todavía no les ha llegado a unos cuantos partidos políticos españoles. Quieren seguir en la pesadilla, y lo que son, sobre todo, es insoportablemente pesados.

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