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La otra intoxicación de Alcalá de Guadaira

Los Timoteo Pelumbres de hoy no sacan la pistola, sino que piden la muerte de Rajoy en las redes sociales y llevan a la gente a asaltar ayuntamientos.

Cristina Losada
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Bastó que unos vecinos se lo dijeran a los primeros periodistas que llegaron al lugar para que se convirtiera en artículo de fe que la familia intoxicada mortalmente en Alcalá de Guadaira recogía comida de la basura. A partir de ahí, la bola echó a rodar. Prensa, tertulianos, redes sociales, quince emes, partidos carroñeros, dieron por cierto que la causa de la muerte era la comida en mal estado que aquella pobre familia se veía obligada a ingerir. Y procedieron a culpar. Todo encajaba a la perfección. La pobreza era la causa da la muerte y la causa de la pobreza eran los recortes, los gobiernos, el PP, el PSOE, los políticos, el sistema, el capitalismo. Sí, encajaba todo menos la verdad. Por eso no le guardaron ni un hueco.

Decía "artículo de fe" citando a Pérez Galdós, cuando don Benito, en Un faccioso más y algunos frailes menos, uno de sus Episodios Nacionales, recrea un hecho histórico cuya génesis se encuentra igualmente en un bulo: la matanza de frailes en 1834 en Madrid. Como es largo el capítulo, acudo a la narración de los hechos que daba José Jiménez Lozano en una columna:

El caso, como es sabido, fue que en Madrid, el día 15 de julio de aquel año, con un calor ardiente y las noticias de muertes producidas por el cólera, unas cuantas gentes, acaudilladas por expertos, corrieron el rumor de que los frailes habían envenenado las fuentes públicas; y luego, en plena Puerta del Sol, junto a la fuente de la Mariblanca, linchó a un pobre golfillo, a quien se vio aproximarse a los cántaros de los aguadores. Se entendió que trataba también de envenenar esta agua, y ello quedó confirmado, cuando se vio correr a otro muchacho a refugiarse en la residencia de los jesuitas de la Red de San Luis; de lo que se dedujo que actuaba al amparo de éstos. Quedaban así implicados todos los frailes, y muchos fueron muertos, mientras ardían iglesias y conventos, como luminarias de fiesta al caer la noche.

Bien, algo hemos avanzado. Los Timoteo Pelumbres de hoy no sacan la pistola, sino que piden la muerte de Rajoy en las redes sociales y llevan a la gente a asaltar ayuntamientos. Pero un testimonio no contrastado, unos periodistas indignos de su oficio, varios demagogos de poca monta y alguna gente pronta a amotinarse bastaron para organizar uno de los espectáculos más vergonzosos que hemos visto en España en estos años de crisis. Lo raro es que no hayamos visto más. Porque el estallido de la indignación popular no es pretensión exclusiva de los antisistema ni de partidos como Izquierda Unida de Andalucía, tan cómodos, a la vez, en el gobierno y en las barricadas. El estallido es, ante todo, la big story por la que suspiran medios que se llaman de comunicación y se entregan a la agitación. La amarilla senda del magnate Hearst: "Usted ponga las imágenes, que yo pondré la guerra".

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