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Cristina Losada

La Pirenaica y el encanto de Carrillo

El secreto del inmarcesible encanto de Carrillo reside ahí, en las carcajadas con que se despachan cien millones de muertos y una montaña de mentiras

Cristina Losada
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Por un artículo de Pio Moa, Sous le ciel de Paris, he sabido que también en su casa se oían la BBC, Radio París y Radio España Independiente, más conocida como “la Pirenaica”. Ya eran, al menos, dos familias viguesas, la suya y la mía, las que sintonizaban las emisoras prohibidas. Y seguro que había más, aunque en aquella época,   y hasta mucho después, la mayoría de los españoles se atenía al sabio principio que luego nos repetirían nuestros padres, los que oían la BBC y la Pirenaica: “No te metas en política”.
 
Yo no oía esas emisoras, porque tengo, aunque no lo parezca, menos años que Moa, y me limitaba a admirar el aparato de radio; su ojo de estrías verdes y el panel con los nombres de las capitales del mundo. Pero conozco bien esta anécdota, minúsculo ejemplo del modo en que los comunistas desfiguran la realidad. Peor que eso: de cómo anteponen sus intereses a la seguridad de las personas.
 
El caso es que a principios de los 60, en el ambiente creado por algunas huelgas, mi padre y unos cuantos más fueron detenidos por arrojar unas octavillas llamando a una huelga. Ninguno era obrero y ninguno estaba avezado en los usos de la clandestinidad. No eran comunistas, sino ingenuos. Sin embargo, en la Pirenaica informaron de la detención de una “célula comunista”. Por entonces, eso podía significar una condena de cárcel extremadamente larga. Pero a los comunistas el destino de aquellos detenidos les traía al fresco.  
 
Y es que la retórica humanitaria y la vocación liberadora del ser humano que profesan los hijos del marxismo-leninismo componen la cáscara que encierra un desprecio absoluto por el hombre. La Historia manda a través del Partido, y el individuo, en esa magna y terrible operación, es mera herramienta de usar y tirar.
 
Así las gastaban los de Carrillo, quien entretanto vivía sin correr riesgo alguno en el exilio. Pero ahí le tenemos, encumbrado como un héroe. Estos días se pasea por Galicia entre alabanzas y jeribeques de la élite política. Desde la fiesta de cumpleaños que le organizaron en Madrid, con regalo especial de Zetapé, vuelve a gozar de la buena acogida y mejor prensa que tuvo durante la Transición. El tiempo está de su parte. Entonces hizo el papel de hombre moderado de la izquierda. Ahora es otro su rol. Actúa en una obra de ficción. Encarna a la izquierda inventada y a la memoria histórica hemipléjica que la sustenta. 
 
Quintana, vicepresidente de la Xunta, dijo tras recibirle que Carrillo había marcado el camino “para que esto que empezamos a hacer ahora sea posible”. Una frase inquietante para quien conozca los caminos del viejo stalinista. Para quien sepa de los cadáveres que quedaron a ambos lados. Pero ya lo ha escrito el autor de Koba, el temible: los crímenes del comunismo no son como los del nazismo. Los segundos provocan horror; los primeros, la risa. Y Carrillo y sus palmeros sonríen con enorme desparpajo. El secreto del inmarcesible encanto de Carrillo reside ahí, en las carcajadas con que se despachan cien millones de muertos y una montaña de mentiras. 

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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