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Cristina Losada

La reforma Wert y el nacionalismo cabreado

Fueran cuales fuesen los defectos del borrador del ministro Wert, ha tenido el acierto de cabrear al nacionalismo.

Cristina Losada
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Fueran cuales fuesen los defectos del borrador del ministro Wert, ha tenido el acierto de cabrear al nacionalismo.

Fueran cuales fuesen los defectos del borrador del ministro Wert, ha tenido el acierto de cabrear al nacionalismo. Al catalán, que en este momento de la función es el que más hace por subir nota en el cabreo. Decir nacionalismo cabreado es decir nacionalismo, pues su estado natural oscila entre el enojo tremebundo y la exaltación fanática. La cuestión, sin embargo, es que los Gobiernos de España muy pocas veces, contadísimas, han hecho algo a sabiendas de que va a enfadar al nacionalismo. La inclinación natural de los Gobiernos ha sido siempre la de hacer lo posible por mantener apaciguado al nacionalismo. Si no contento, que no puede ser, al menos dejarle el chupete para que no coja un berrinche. Así que, ¡uy!, esto no, ni hablar, que se va a poner como una fiera; y eso otro, carpetazo, que nos abre un frente nuevo. Los Gobiernos temen mucho la apertura de frentes.

Por ese cuidado en no cabrearlos, por "no darles nuevos pretextos para el victimismo", por "no exacerbar los sentimientos antiespañoles", por "no romper los puentes", se renuncia a actuar y se consolidan zonas excluidas del cumplimiento de la ley como ésa en la que campa la inmersión lingüística. Dice la consejera Irene Rigau que el ministro Wert "se siente investido de un autoridad superior a la del Estatut y la de un pueblo". Pues claro: está investido de la autoridad superior que confiere una sentencia del Tribunal Constitucional sobre el mentado Estatuto. No se puede proscribir el idioma oficial del Estado de las aulas, cual ha venido haciendo la autonomía catalana bajo pretextos tan inauditos como que el español ya se aprende en la calle. ¡Vaya innovación pedagógica! También se aprenden en las calles de Francia el francés y en las de Alemania el alemán, y en las escuelas de esos países no dejan de emplear y enseñar esos idiomas.

El resultado de que los Gobiernos hayan querido tener al nacionalismo aplacado es que han desprotegido a los ciudadanos. Más aún: les han quitado el impulso por hacer valer sus derechos. Muy pocos desafían esos consensos sociales que se forjan sobre la demonización del que disiente. Y ya que hablamos de consensos: puestos en un escenario de secesión, una amplia mayoría de catalanes querría que el español fuera lengua oficial (un 85 por ciento, según un sondeo de RAC1). Mal harían Wert y el Gobierno en asustarse ante el cabreo nacionalista. Ahí está la cosecha que acaba de recoger CiU de la madre de todas las rabietas. ¡Que se crispen! Como se crisparán de cualquier modo, que sea por hacerles vivir, por una vez, en un Estado de Derecho.

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