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Cristina Losada

La teoría de la no conspiración

Pues bien, ha sucedido algo asombroso en España, digno de figurar en los anales. Por primera vez, hay un suceso que, en opinión de la izquierda, debe juzgarse exclusivamente por las apariencias

Cristina Losada
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Cualquiera que se haya familiarizado con el modo de pensar de la izquierda sabe que uno de sus juegos favoritos es la elaboración de teorías conspirativas. Pocas cosas de las que suceden son aceptadas, en su Weltanschauung, por lo que parecen. No, señor. Ellos se proponen escarbar bajo la superficie de los acontecimientos en busca de una mano negra que, según los que han heredado del marxismo, vulgarizándolo, una pertinaz creencia en el determinismo económico, suele portar un saco lleno de dólares.
 
Hete aquí pues que, según el manual del izquierdismo de pro, el mundo está gobernado por un puñado de poderosos tíos del Pato Donald que se mantienen en la sombra, como los Sabios de Sión, y que se les conoce por multinacionales, transnacionales, oligarquía financiera, o complejo militar-industrial. Que el trabajo sucio se lo hacen agentes de siniestros servicios secretos, que manipulan hasta al famoso Tato para que, es un decir, no vaya a las cumbres iberoamericanas y no se luzca ZP. Y que esos trabajitos incluyen guerras, golpes de Estado y atentados que atribuyen a otros para desestabilizar o lo que haga falta. Nótese que a las dictaduras comunistas nunca se le atribuyeron, ni atribuyen, tales maniobras. La conspiración, reza también el manual, proviene siempre del lado del capitalismo.
 
Pues bien, ha sucedido algo asombroso en España, digno de figurar en los anales. Por primera vez, hay un suceso que, en opinión de la izquierda, debe juzgarse exclusivamente por las apariencias. Un suceso en el que no hay que buscar ninguna mano, ni negra ni blanca. En el que detrás de los ejecutores no había nadie moviendo los hilos. Del que se ha dicho, incluso, que no puede haber "autor intelectual". Este extraordinario suceso es la masacre del 11 de marzo en Madrid.
 
Los más acendrados defensores de la teoría de la no conspiración del 11-M, van acumulando, como hormiguitas hacendosas, artículos y filtraciones para sustentar la teoría de que el atentado fue lo que pareció: un castigo de Al Qaeda por el apoyo de España al derrocamiento del sátrapa iraquí, y no hay que rascar más. Se diría que les va mucho en ello y de ahí el esfuerzo, no siempre recompensado por los resultados. Pero hay que reconocerles el mérito de intentar un giro copernicano en su modo de pensamiento.
 
No deja de ser interesante, desde el punto de vista psicológico, ver cómo personas que creen que los americanos fueron a Afganistán e Irak no por lo que dicen en público, sino a por el petróleo, y que piensan, incluso, que el 11-S fue perpetrado para justificar intervenciones militares urbi et orbi, se han vuelto extremadamente crédulas en lo tocante al atentado de Madrid. No les perturban sus contradicciones. Y están dispuestos a pasar por alto todas las que trufan el 11-M. Más aún, aquellos que digan lo contrario son enviados al diván. Delirio obsesivo, paranoia, psicosis, neurosis, histeria. La psicología de bolsillo no da abasto para suministrar términos con los que descalificar a quienes quieren bucear en las turbulentas aguas de aquellos días de marzo. No sabemos si tras el 11-M hubo una conspiración, pero hay algo parecido a una conjura para no desentrañar su causalidad diabólica.

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