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Cristina Losada

La trashumancia tranquila

La Constitución no es sagrada, en efecto, pero el procedimiento para cambiarla sí lo es. Y no hace falta estar encendido por ninguna pasión para defender ese principio elemental

Cristina Losada
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Hete aquí, de nuevo, la equidistancia. El viejo disfraz se ha sacado del armario tras la aprobación del plan Ibarreche y ya se está luciendo con algunos retoques y zurcidos. Los carnavales se han adelantado. Lógico, pues tenemos un gobierno dado al vestuario y la imagen, que se ha propuesto disfrazar el drama en que algunos quieren meternos de comedia de enredo con final feliz. Y estos buenos pastores que nos mandan cuentan con ayudantes que le dan al magín para que el rebaño vaya dócilmente por la vereda. Son los que administran la información y suministran los argumentos para que la trashumancia de la Constitución a los prados que a ellos les serán más nutritivos, se haga sin prestar atención al relente del aventurerismo y a las pendientes del camino. Y, sobre todo, sin que se note la trasgresión de las reglas del juego que requerirá la travesía.
 
La epidemia de equidistancia no merecerá una alerta sanitaria, pues es una falsa equidistancia. De acuerdo a los afectados por ella, hay dos extremos cuya oposición causa el conflicto, y sólo manteniéndose en el medio, justo y virtuoso, se encontrará la solución. En uno de los polos sitúan a los nacionalismos periféricos y en el otro, al nacionalismo español, más conocido por españolismo, sustantivo que suelen calificar, como si fuera de suyo, de fundamentalista, cuando no de franquista y otras hierbas del especiero de aliños amedrentadores. Hecho así el mapamundi, con esos dos polos igualmente aborrecibles, nos proponen vivir en el ecuador, que se trazaría a medio camino, cediendo un poquito a los del norte y otro poquito a los del sur. Un ecuador templado, aligerado de las pasiones que ciegan a “los unos y los otros”.
 
Bonito, pero falaz. Pues el polo que presentan como “españolista”, resulta que es integrador y admite a los demás, mientras que el polo de los nacionalismos rupturistas es excluyente, y no admite más que a los suyos. Y porque en un sistema democrático, las normas que afectan a todos y han sido aprobadas por todos, no se pueden trastocar por la sola decisión de una parte. La Constitución no es sagrada, en efecto, pero el procedimiento para cambiarla sí lo es. Y no hace falta estar encendido por ninguna pasión para defender ese principio elemental. Lo que ocurre es que, si siguieran las reglas, es decir, la ley, estos pastores que nos quieren cambiar de pastos, seguramente no contarían con la aquiescencia de los ciudadanos. Por eso, no van a las claras y nos encaminan hacia una reforma de facto urdida en un regateo de feria.
 
Los de fachada equidistante hasta dirán que como ETA no ha conseguido matar en los últimos tiempos, ya se dan las condiciones de libertad en el País Vasco como para debatir tranquilamente los planes que apoyan los cómplices de los asesinos. Es más, por lo que dicen las encuestas allí, muchos dan la bienvenida a ese regateo porque confían, pese a la amplia experiencia contraria, en que podrá pagarse, de ese modo, el precio de la tranquilidad. Tenía razón Kierkegaard: No es la verdad lo que gobierna al mundo, sino las ilusiones.

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