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Cristina Losada

La tribu se hace un vídeo

Tiene el cuajo de presentarse este Bismarck de Allariz (copyright José García Domínguez) como víctima y perseguido, cuando son él y su partido, con la colaboración del Socialista, los que, desde el poder, persiguen y acosan a los ciudadanos.

Cristina Losada
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Pensábamos que con un Anxo Quintana teníamos más que suficiente. Pues no. Hay muchos. La mala nueva nos la ha proporcionado un vídeo electoral del BNG que, por sus hechuras, parece la filmación casera de un ensayo teatral de una asociación de vecinos falta de subvenciones, que no es el caso. La forma no puede separarse del fondo, por escaso que éste sea, y el mensaje del spot resulta estupefaciente.

Se nos dice que don Anxo, el mismo al que tenemos instalado en confortable poltrona, como a tantos de sus correligionarios, viene a ser una especie de cabecilla rebelde al que se busca y persigue con denuedo. Un rebelde con coche oficial no se ha visto ni en tiempos del Imperio Romano ni en estos, y ya se está apuntando gente a la lista de todos los que dicen ser Quintana, a ver si también les cae algo.

La sutileza no está entre las cualidades de los que idearon el anuncio. Su simple propósito era presentar al vicepresidente de la Xunta como jefe de una insumisa aldea sueva. Una réplica cutre de la aldea gala de Asterix y Obélix (adivinen quién es el comilón) en lucha heroica y desigual con el Imperio. El "imperio español" que, para el nacionalismo, la Historia o permanece detenida o la quieren detener como sea.

El anuncio recoge, en clave infantil, las fantasías retrógradas y tribales del nacionalismo galaico y otros. No en vano, en un reciente acto de este nuevo, fornido e inverosímil Espartaco, se reclamó una Galicia "blanca, pura, única e irrepetible". Es sabido a qué tenebrosos parajes conduce en política la obsesión por la pureza, sea racial o lingüística, que son primas hermanas. Y el problema es que ya están en ello.

Tiene el cuajo de presentarse este Bismarck de Allariz (copyright José García Domínguez) como víctima y perseguido, cuando son él y su partido, con la colaboración del Socialista, los que, desde el poder, persiguen y acosan a los ciudadanos para que se plieguen a sus políticas identitarias y, en especial, a la imposición lingüística. Imposición que es el peldaño necesario para crear la obediente tribu de la que Quintana y los suyos puedan ser los jefes. O, al menos, los jefecillos.

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