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Cristina Losada

La “victimización” de la mujer

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He leído mejores artículos que el firmado por Shere Hite, estudiosa de la mujer y la sexualidad, hace unos días en El Mundo (25-02-04) acerca de la violencia contra las mujeres. Mucho mejor era el que le dedicaba aquí al asunto Fernando Serra, en una quinta parte del espacio que Hite ocupa con perogrulladas, análisis fallidos y una gran confusión. Si el artículo de la afamada autora es representativo del pensamiento que reina en los circuitos feministas, confirma lo que decía Serra: el análisis “políticamente correcto” de la violencia doméstica adolece de un simplismo desalentador y conduce a un proteccionismo contraproducente, en el que coinciden las feministas con los carcas.
 
Hite se pregunta “¿Por qué los hombres pegan a las mujeres?”, y lo más claro que alcanza a decir en respuesta es que esta –para ella– oleada de violencia sin precedentes deriva del “clima actual de presión social” que insiste en que las mujeres “han de ser buenas esposas y madres y aceptar todo”, junto a “esa presión para que los hombres se ocupen de todo y sean los que mandan”. La explicación es clamorosamente insatisfactoria. Es obvio que esa presión social era mucho más fuerte hace años, y eso empareja mal con el aserto de que afrontamos “hoy” la violenta oleada. Pero a esa y otras contradicciones la conduce su interés por culpar a “la sociedad” del problema, viejo recurso.
 
Y ahí entramos en la tesis central del feminismo, que criticaba Serra, y que atribuye el problema a “la reminiscencia de la familia patriarcal” o de “la ideología machista”. Cierto que hay sociedades y grupos dominados por religiones que consideran a la mujer un ser inferior, a las que puede aplicárseles el análisis. Pero en las sociedades donde la mujer goza de igualdad ante la ley y se ha incorporado al trabajo hace tiempo, la cuestión no queda zanjada con tanta sencillez. Aunque pervivan residuos del viejo machismo.
 
¿Y qué propone Hite como solución? Pues naturalmente medidas de ingeniería social, que tan caras son al “progresismo”, sea español o americano, que el uno bebe del otro. Propone Hite que “desaparezcan los valores de la familia tradicional”, como si a ojo de buen cubero, no hubieran desaparecido ya bastantes en las sociedades desarrolladas. Y, concretando, que se popularicen “unos nuevos modelos de valores e identidad, otros modelos diferentes de héroes masculinos”.
 
Para ilustrar los modelos “malos”, que debieran modificarse, Hite habla del atractivo del que “gozan en los patios de los colegios los más bravucones, ésos que martirizan a otros niños más pequeños”. Para ella debe de ser esta una pauta exclusivamente masculina, del machismo que conviene erradicar. Y si le replicamos que en los patios de los colegios, las niñas hacen lo mismo que los niños, aunque tal vez de otro modo, seguramente diría que las chicas han interiorizado los valores de la sociedad patriarcal. Es decir, que su afán de dominación les viene por imitar a los hombres. Y no saldremos del laberinto.
 
Uno de los aspectos más negativos de la reacción feminista al problema de la violencia doméstica es lo que hace Hite: santificar a la mujer, inventarse unos valores femeninos completamente angelicales, hacer de nosotras seres beatíficos, no violentos, cooperativos y no competitivos y un largo etcétera tan acaramelado, que no hay quien se lo trague, y que resulta contraproducente, tanto por su irrealidad como porque nos separa de la compleja condición del ser humano. Y de esa santificación de lo femenino, nace otro pernicioso rasgo de la campaña feminista contra los malos tratos: “victimizar” a las mujeres (y demonizar a los hombres). Lo cual lleva directamente a un proteccionismo exacerbado que no fomenta, sino que retrasa, la libertad y la independencia de la mujer.
 

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