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Cristina Losada

Las niñas de Nigeria y las buenas intenciones

¿Cree alguien que salir con cartelitos de Bring back our girls hará mella en unos terroristas que han asesinado a más de cuatro mil personas?

Cristina Losada
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¿Cree alguien que salir con cartelitos de Bring back our girls hará mella en unos terroristas que han asesinado a más de cuatro mil personas?

La campaña internacional por la liberación de 200 niñas secuestradas en Nigeria por unos terroristas islámicos es impresionante, pero una, que para eso está, no puede dejar de hacerse algunas preguntas. Aquí van unas cuantas de cajón. ¿Cree alguien que salir con cartelitos de Bring back our girls hará mella en unos terroristas que han asesinado a más de cuatro mil personas? ¿Se hace con la mejor intención, pero en realidad sólo es una forma de demostrar que tenemos buenos sentimientos? ¿Estamos ante un episodio más de ese incesante activismo propiciado por las redes sociales que transita de una causa a otra con velocidad e inconsecuencia inéditas?

De entrada, es de suponer que a un grupo sanguinario como Boko Haram le importará un pimiento que gentes del mundo entero le pidan que libere a las niñas. Pero no sólo porque se trate de un grupo particularmente cruel ni de un país como Nigeria. Es que la apelación humanitaria a una organización terrorista tiene unas posibilidades mínimas. Eso hay que traerlo sabido. Recordemos, pues igual se ha olvidado, que millones de españoles pidieron a ETA, en julio de 1997, que liberara a Miguel Ángel Blanco, y que a pesar de ello lo asesinaron.

Si se trata de forzar a los gobiernos con mayor capacidad militar a que intervengan, hay que considerar las dificultades. No sólo porque Nigeria, que es un Estado soberano, debe aceptar la colaboración, algo en lo que parece que por fin hay avances: ahí sí que ha influido la presión de la opinión pública nigeriana. También porque no es fácil organizar una intervención militar sin poner en peligro la vida de las secuestradas, ni lo es el paso previo: localizar a los terroristas y a las niñas, que pueden estar dispersos en un área de 60.000 kilómetros cuadrados.

Habrá quien piense que EEUU y sus agencias de espionaje controlan todo lo que pasa en el planeta. Para algunos la CIA es omnipotente y al tiempo rematadamente estúpida. Frente a esa fábula de Gran Hermano, disponemos de un caso reciente: el avión de Malasia que cambió de rumbo y desapareció sin que nadie se enterara mientras sucedía y sin que dejara otro rastro que unos pings que al cabo de muchos días permitieron calcular la zona aproximada donde debió de estrellarse en el océano.

Dicho esto, la cuestión de fondo que plantea esta campaña por las niñas secuestradas es si la opinión pública tiene algún papel en la lucha contra el terrorismo. Por mi parte, no dudo de que lo tiene, y capital. Citaba el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. La gran movilización ciudadana de entonces no detuvo a los criminales, pero forjó el consenso social necesario para una política que puso a ETA contra las cuerdas, incluida la crucial decisión de ilegalizar a sus apéndices políticos. Un consenso que sólo tuvo un fallo: era incompleto y fue efímero.

Poco sabemos de los terroristas nigerianos, y lo poco que sabemos inclina al pesimismo. Sabemos, eso sí, que Boko Haram tiene dinero gracias a los rescates obtenidos por el secuestro de extranjeros. Ellos secuestran, nosotros pagamos, y así pueden continuar secuestrando y matando. Pero, claro, no podemos dejar que maten a los rehenes. Ahora queremos salvar a las niñas, y es posible que se negocie un canje. No hay soluciones perfectas, definitivas y carentes de efectos secundarios en el mundo real. Conviene no perderlo de vista cuando se ven o se exhiben los cartelitos.

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