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Cristina Losada

Lo que le dé la gana al poder

Muchos españoles están dispuestos a hacer lo que le dé la gana al poder cuando las leyes, normas y decisiones que de él emanan vienen envueltas en una retórica de valores de buena apariencia.

Cristina Losada
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En su libro La libertad traicionada, José María Marco cita aquella sentencia de Ganivet, según la cual, lo que desea todo español es que le extiendan un carné en el que figure que "este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana". Hay, ahora mismo, indicios para pensar que los españoles siguen queriendo obtener ese carné, pero también los hay de que están dispuestos a hacer lo que le dé la gana al poder político.

Tenemos así muchos individuos que quieren disponer de máxima libertad y máximos derechos, al tiempo que de cero normas y ninguna obligación, y que a la vez aceptan sumisamente importantes reducciones de libertad, incluso cuando afectan a la esfera privada. El caso de la política lingüística es paradigmático. Ahí está la encuesta en que un 70 por ciento de los ciudadanos de Cataluña se declaran partidarios de que se exija a los inmigrantes hablar en catalán.

El tal sondeo, que sirve de apoyatura a una bollywoodense campaña del Gobierno autonómico, significa que la mayoría no sólo acata, en general, una política de imposiciones, sino que reclama que nadie se libre de ella y que la coacción se extienda a todos, en todas circunstancias y en todas partes. Aunque el aspecto más inquietante de esta manifestación de la dialéctica del amo y del esclavo es que no se identifican tales normas ni como vulneraciones de derechos civiles ni como ataques a la libertad individual. Un fenómeno que no se circunscribe a Cataluña ni a la política lingüística.

La pregunta, por tanto, es cómo ha podido pervertirse de tal modo la noción de libertad en España. Si ello tiene que ver con el rápido paso de la sociedad española de la rigidez a la laxitud y de la intransigencia a la tolerancia con los intolerantes, y también con el comportamiento escasamente ejemplar de las elites políticas. Sea como fuere, la confusión reinante permite que atentados contra valores sustantivos de la democracia liberal puedan camuflarse como lo contrario de lo que son.

Hay que precisar, entonces. Muchos españoles están dispuestos a hacer lo que le dé la gana al poder cuando las leyes, normas y decisiones que de él emanan vienen envueltas en una retórica de valores de buena apariencia. Por ejemplo, como "derechos". Pero, sobre todo, cuando disentir de ellas le sitúa a uno fuera de la corriente de opinión dominante y poco menos que vociferante. Se presenta así la paradoja de que en una sociedad que exalta no ya la libertad sino la "rebelión" en el terreno vital, la pulsión conformista se ha hecho fuerte en el ámbito político.

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