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Cristina Losada

Los arrepentidos

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Una amiga que no había votado desde el referéndum de la OTAN y ahora votó a ZP, se apunta a la nómina de “arrepentidos” del 15 de marzo. Se desconoce la longitud de esa lista, pero haberla, hayla. Posiblemente porque barruntan que existe, y que algunos de sus integrantes pueden tomarse como una cuestión de honor el dar su voto al PP en las elecciones europeas, es por lo que avezados dirigentes socialistas han advertido que esa convocatoria, habitualmente anodina, deben tomársela muy en serio. El PSOE querrá obtener ahí un refrendo claro para anular la sombra de la matanza del 11-M, que desluce, porque en gran medida explica, su victoria.
           
Mi amiga reconoce que le pudo el miedo. Tras la masacre se hizo el razonamiento que se habrán hecho miles de personas, cuántas, nunca se sabrá: los islamistas nos atacan porque estamos en Irak, ergo si nos vamos de Irak no nos atacarán. O, variante castigadora: si no hubiéramos ido, no nos hubieran atacado, por tanto, el PP es el culpable por llevarnos. El miedo encontró salida en la promesa de retirar las tropas, y el dolor y la rabia, en el castigo que se pudo imponer ipso facto.
           
En la medida en que reaccionaron creyendo que el atentado había sido tramado por terroristas –cosa sobre la que planea más de una duda– demostraron que juzgan mal el fenómeno. Pues confían en aplacarlos con un par de billetes, cuando quieren la cartera, y todo lo demás. Piensan que combatirlos los hace más agresivos, cuando es la debilidad lo que les hace crecerse. O creen que los terroristas son producto de unas “causas objetivas” que hay que solucionar, “en lugar de exacerbar el odio”. Es la visión de los telediarios. Y es el fruto de un discurso anti-terrorista que se ha articulado aquí durante años en torno al mantra de la paz, encomiable deseo de todos, pero que aplicado a la política lleva fácilmente al desistimiento. Para conseguir una paz que no sea la impuesta por el terror, no hay más remedio que derrotarlos, tarea desagradable.
 
De ser cierto este trasfondo, no es seguro que si ETA hubiera emergido como culpable, el voto hubiera ido al PP. Es posible que mi amiga tuviera miedo también y pensara que el diálogo apaciguaría a las fieras. Y que los castigadores culparan igualmente a Aznar por haber apretado las tuercas en el País Vasco. Tal vez, ahí, una autoría de ETA hubiera sido fatal para los nacionalistas. Daba la impresión de que así lo temían ellos, y el día 11, por la televisión vasca, se oían voces nerviosas pidiendo un aplazamiento de los comicios.
           
Pasado el torbellino emocional, mi amiga medita sobre la paradoja de que un partido político que envió a soldados de reemplazo, y hasta a Marta Sánchez (eran tiempos pre-feministas) a la guerra del Golfo, primera parte, se encarame al poder ahora gracias a una campaña de “no a la guerra”. A medida que a las sombras del 11-M y del 14-M se les agregan las que arroja la corte de Felipe González sobre el próximo gobierno, creo que mi amiga, y otros arrepentidos, están pasando de la meditación a la indignación.

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