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Cristina Losada

Los mojigatos

El rechazo italiano a la instructiva serie española se atribuye a presiones de católicos y conservadores, ya se sabe, la carcundia. Igual que cuando estas cosas suceden en Estados Unidos se menciona con desdén el puritanismo allí reinante.

Cristina Losada
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Uno de nuestros productos televisivos de mayor éxito en el mercado nacional ha causado tanto escándalo en Italia que su emisión acaba de suspenderse. Se trata de la teleserie  Física o Química, ubicada en un colegio donde los adolescentes se dedican mucho al sexo, incluido con profesores, no le hacen ascos al consumo de drogas y el estudio no es, digamos, la principal de las actividades. Aquí la difundió un canal privado. El propósito de esos canales es ganar dinero y ni se les pasa por la cabeza sustituir la telebazofia triunfante por programas culturales. Pero en Italia la emitía  la televisión pública, y parte del  público consideró que no debía de pagar con sus impuestos la obsesión española por el sexo –no salimos nunca de la era  del "destape"– expuesta, en este caso, en  múltiples variantes y con menores.

El rechazo italiano a la instructiva serie española se atribuye a presiones de católicos y conservadores, ya se sabe, la carcundia. Igual que cuando estas cosas suceden en Estados Unidos se menciona con desdén el puritanismo allí reinante: si hasta censuran los tacos, sin los cuales aquí no se podría hacer ningún programa serio. En fin, la mojigatería de unas sociedades que no están tan avanzadas. Pero la prensa española se ha fijado sobre todo en la observación de un crítico italiano que afirmó que la dichosa serie había nacido en la España de Zapatero y encarnaba los ideales del zapaterismo, esto es, libertad sin normas. Yo me temo que la secuencia temporal es la inversa, y que esa idea de la libertad como un salvoconducto para que cada quien haga lo que le dé la gana, sin observar reglas ni atender obligaciones, estaba ahí previamente. El zapaterismo fue el efecto y no la causa.

La televisión, o sea,  nuestra telebasura y el grado de aceptación de que dispone, es solo un pequeño reflejo del fenómeno. La desregulación moral, aquella liberalización de las costumbres que otros países vivieron en los sesenta, se produjo aquí tardíamente. Y se hizo a través de un salto, de un salto al vacío: de las normas de conducta más estrictas, a la ausencia de normas; de la intolerancia absoluta a la tolerancia infinita. Desde ese vacío y esa anomia, se puede aceptar como si tal cosa que una serie para adolescentes retrate, pongamos, al camello del instituto como a un héroe y al alumno que no quiere probar las drogas, como a un idiota. A la vista de ello, los italianos y otros mojigatos prefieren mantenerse en el atraso.

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