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Los portamaletas del nacionalismo

Los hay tan necios que no dudarían en firmar su propia sentencia de muerte si creen que con ello pueden retrasar el desenlace.

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En tiempos del comunismo se popularizó la expresión "compañeros de viaje", aunque era más acertada la que empleaban en privado los apparatchik: "tontos útiles". Esta última es también la que mejor se ajusta a quienes desde hace años prestan asistencia a los nacionalistas en su empeño por destruir una nación integradora para levantar sobre esas ruinas sus feudos excluyentes. La pureza racial no constituye, desde el nazismo, un proyecto presentable. Así que, siguiendo a aquel filósofo fraudulento llamado Fichte (los límites de una nación se hallan determinados por el idioma), el primer y decisivo trayecto del periplo es acabar con la pluralidad lingüística en sus zonas de influencia. Crear comunidades lingüísticamente puras, limpias de la mácula del idioma anatemizado. Y para ese viaje, propulsado por un motor de probada eficacia como el odio al Otro –en este caso, España– los portamaletas, tontos o no, son muy útiles.

Nunca se acaba de descubrir a todos los que ejercen esa labor servicial, aunque es notorio que abundan. En cualquier caso, a medida que se destapan, conviene conocerlos. En Galicia se nos ha brindado esa oportunidad hace sólo una semana. El 20 de julio se presentaba con gran aparato en el Auditorio de Galicia un Manifiesto por el ensino en galego, es decir, a favor de que se aplique sin paliativos un decreto que relega el idioma español a asignaturas en las que apenas se habla: plástica, música, educación física. Era el contraataque esperado a la campaña contra ese decreto que había surgido de la sociedad civil. Se conseguían más de 20.000 firmas sin el apoyo de partido alguno y bajo la tromba de calumnias de rigor: antigallegos, traidores, ultraderechistas. Y ello bastó para que en el establishment nacional-socialista se encendiera la alarma. Del susto, pues, nacía ese manifiesto contrario a que los gallegos elijamos libremente nuestra opción lingüistica. Un texto que, por citar solo un aspecto, tergiversa la Carta Europea de Lenguas Regionales y Minoritarias, presentándola como si legitimara la conculcación de los derechos de quienes hablan la lengua común.

Lo más interesante del manifiesto no era, sin embargo, el contenido –predecible– sino los firmantes. O por mejor decir, un firmante. Pues entre los que de suyo suscriben estas maniobras políticas, a saber, los chiringuitos del BNG, más CCOO y UGT, viejos conversos a la reaccionaria doctrina nacionalista, destacaba una joyita: la FERE. La Federación Española de Religiosos de la Enseñanza, que en Galicia dispone de una sucursal adicta a la "normalización lingüística". Con 125 centros y 62.501 alumnos, no era moco de pavo la rúbrica de esa asociación. Aunque su principal valor añadido no procedía de la cantidad, sino de la calidad. Su presencia sirve de coartada para hacer pasar el manifiesto por una iniciativa plural y transversal. En otras palabras, le confiere la legitimidad de la que carecería de haberlo firmado únicamente "los de siempre".

No puede decirse que la FERE haya prestado un servicio a la libertad, sino lo contrario. Tampoco puede afirmarse que haya velado por los intereses de sus clientes ni, por tanto, por los suyos, salvo, quizás, los pecuniarios. El temor a perder dinero público explica muchas conductas indignas y nunca las justifica. Si la FERE galaica no pertenece a ese sector del clero católico que rinde culto a la religión pagana del nacionalismo, nos hallamos ante los típicos y trémulos portamaletas de los que hablaba al principio. Sus servicios han sido de inconmensurable valor para los nacionalistas, que sin su auxilio serían minorías de escasa influencia. Los fanáticos y los totalitarios son pocos, pero su efecto se multiplica por el monto de los débiles, los claudicantes y los recolectores varios. Y, en fin, los hay tan necios que no dudarían en firmar su propia sentencia de muerte si creen que con ello pueden retrasar el desenlace.

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