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Cristina Losada

Los trabajadores dan las gracias por la inmersión

Se ha enseñado a los niños de lengua materna española y clase trabajadora que su idioma es ajeno y de segunda en Cataluña, y ellos mismos también.

Cristina Losada
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En cierta época de la Unión Soviética, proliferaron las fotos, los cuadros y los pósters de grupos de niños sonrientes dando ramos de flores al ejecutor del Gran Terror con la leyenda: “Gracias al camarada Stalin por nuestra infancia feliz”. Escuchando estos días lo dicho por dirigentes de Podemos en favor de la inmersión lingüística en Cataluña, queda claro que nos falta algo para ilustrar como es debido ese sistema único en Europa. Hay que inspirarse en las ideas soviéticas y poner en circulación fotos, pósters y vídeos en los que los hijos de las clases trabajadoras de Cataluña manifiesten su efusivo y sincero agradecimiento a la inmersión por lo felices que fueron, gracias a ella, en su etapa escolar. Y después.

El agradecimiento de los hijos de los trabajadores a los camaradas que impusieron la inmersión tiene que incluir, por supuesto, el viejo asunto de la igualdad de oportunidades, que acaba de sacar Pablo Echenique, pero también –no sólo copian, sino que se copian– el diputado Joan Mena, de En Comú, que lo hizo en primera persona. Y del plural, nada menos, porque está muy agradecido a la inmersión que “tantas oportunidades nos ha dado a los castellanoparlantes”. Es evidente que Mena fue un niño que le llevó flores a Stalin y lo sigue adorando. Pero como es diputado, y esta no es hazaña que consiga cualquier castellanoparlante en Cataluña, pese a la cacareada igualdad de oportunidades, hay que entender que dé las gracias.

Para centrarnos en lo general, lo cierto es que la mayoría de las familias trabajadoras de Cataluña tienen que agradecer la inmersión porque, ¡ignorantes!, no hablaban el idioma de la burguesía, por decirlo en los términos de clase que, se supone, son los de Podemos. Es verdad que esos términos fueron antes los del PSUC, que fue el partido, que junto al PSC, inventó esa gran falacia de que la inmersión garantiza la igualdad de oportunidades y el ascenso social, además de la cohesión y otras maravillas que necesita el proletariado. Sépase, en cualquier caso, que esos son los ajados tópicos que ahora revende Podemos en el mercadillo.

La inmersión era tan buena para las clases trabajadoras que el hijo de una familia llegada de Málaga o de Lugo para trabajar en una región de su país tenía que renunciar a estudiar en su lengua materna si quería ascender socialmente y no quedar en los estratos más bajos. Así, por su bien, se le privó de aquel derecho y de una clara ventaja, y se le condenó a tener más dificultades en el aprendizaje y a no desarrollar los registros cultos de su lengua materna –y lengua oficial del Estado– en la escuela. Esto, con la abracadabrante justificación de que ya aprendería el castellano en la calle.

A todos esos sacrificios, y alguno más, se ha obligado a las familias trabajadoras con el embeleco de que sólo así podían subirse al ascensor social, que es un ascensor del que las hubieran echado a patadas si se empeñaban en hablar en español. Además, gracias a la inmersión se ha enseñado a los niños de lengua materna española y clase trabajadora que su idioma es ajeno y de segunda en Cataluña, y ellos mismos también. El sistema es tan eficaz que aprenden estas importantes lecciones desde su primer minuto en la escuela pública. Luego aprenderán que aquellos sacrificios no son suficientes ni lo serán nunca, salvo para una exigua minoría. Minoría a la que, cada tanto, ponen en el escaparate para demostrar que no hay supremacismo ni clasismo ni desprecio del castellanohablante, con grandes carteles que dicen: “Gracias a la inmersión por nuestra infancia feliz”.

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