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Cristina Losada

Los últimos de la clase

Se ha pasado de nombrar a altos funcionarios a colocar a funcionarios del partido. La primacía del sector público se ha convertido en primacía de los aparatos partidarios.

Cristina Losada
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La comparaciónde los currículos de varios ministros españoles con los de sus homólogos europeos aboca a preguntarse, como Zavalita en la novela de Vargas Llosa, sobre el momento en que se jodió este Perú nuestro. Teníamos ya noción de que en la era de "la generación de españoles mejor preparada de la historia" –palabra de uno de los presidentes más limpios de preparación– contábamos con el Gobierno peor pertrechado de la democracia. Pero a la vista de los historiales de unos y otros se imponen constataciones más dolorosas. A fin de cuentas, a nadie le complace que en el Consejo de Ministros se sienten los últimos de la clase. A nadie, salvo al que se encuentre en el mismo caso.

Con los últimos de la clase no se quiere significar que alguno de los ministros dejara sin terminar, y casi sin empezar, una carrera universitaria. Se trata de que no pueden lucir en su expediente ni una trayectoria notable en el sector privado ni un surtido de responsabilidades públicas relevantes. Los cuatro retratados (Sanidad, Fomento, Defensa y Exteriores) son pura carne –carné– de partido. En el partido hicieron sus carreras y desde el partido dieron el dulce salto a las poltronas. En contraste, sus colegas de Francia, Italia y Portugal responden al perfil clásico. Formación de alto nivel y experiencia de gestión en materias relacionadas con la cartera que se les encomienda. Aquí, se ha desechado, seguramente por poco progresista, la idea de que conviene disponer de algún conocimiento de los asuntos que uno va a abordar desde el ministerio.

Hace tiempo que la política, al menos, en la Europa continental, extrae a sus miembros del sector público. Se ha consolidado la opinión de que un político que provenga del sector privado es sospechoso de inconfesables intereses. ¡Cómo si los demás no los tuvieran! Ni siquiera los Estados Unidos son lo que fueron: se contaba como excepcional que un fabricante llegara, en estas últimas legislativas, al Congreso. Pero, por norma, los cargos políticos de peso proceden de las elites, sean funcionariales, profesionales o académicas. En España, procedían. Se ha pasado de nombrar a altos funcionarios a colocar a funcionarios del partido. La primacía del sector público se ha convertido en primacía de los aparatos partidarios. Y, así, se ha vuelto común la rareza: que un indocumentado llegue a ministro. O, incluso, a presidente.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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