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Los últimos de la clase

Rubalcaba ha empezado por asustar a los niños con el espectro de Aznar, y estará a punto de denunciar que el retorno de las reválidas es una vuelta a la tenebrosa dictadura.

Cristina Losada
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El ministro Wert ha avanzado las líneas maestras de una reforma educativa. Una más, se dirá. Sí, una más, pero no más de lo mismo. Se han pergeñado casi tantas reformas de la enseñanza como gobiernos, pero en realidad sólo hemos tenido Logse. La original y sus prolongaciones, hijas de una norma concebida bajo el principio de que la escuela, también ella, diera la espalda a las tradiciones. La idea de que el primordial papel de la enseñanza era impartir conocimientos resultaba, para el progresismo, tremendamente retrógrada. El saber, el esfuerzo, la excelencia, el mérito, y su necesario acompañante, la autoridad del profesor, eran valores muy poco igualitarios. A efectos de subvertir el canon, el logsianismo ha sido un éxito absoluto. La igualdad en la ignorancia roza la perfección. La enseñanza pública ha dejado de ser el ascensor social que fue en tiempos. Es un caso clásico de política de izquierdas: resultados opuestos a los que se propone conseguir.

En algunos de los países que sucumbieron a la modas pedagógicas del 68, sus propios valedores políticos, a la vista del resultado, terminaron por rectificar. Aquí, me temo, no caerá ese premio gordo. El primer bosquejo del ministro ya ha merecido la reprobación socialista. Y en qué términos. Rubalcaba ha empezado por asustar a los niños con el espectro de Aznar, y estará a punto de denunciar que el retorno de las reválidas, aquellas que jalonaban el viejo bachillerato, es una vuelta a la tenebrosa época de la dictadura. Porque evaluar a los alumnos en momentos clave de la vida escolar no es un procedimiento razonable y homologado, sino autoritarismo y pretexto para la "segregación". En suma, Wert, o sea, Aznar, quiere cargarse el maravilloso sistema que ha puesto a la enseñanza española entre los últimos de la clase de los países desarrollados.

La reforma Wert no sé si suena a Aznar, pero suena bien. En cambio, un propósito del ministro chirría. Alcanzar el consenso con el PSOE, sindicatos de izquierdas y asociaciones, que nunca han levantado la voz contra el deterioro de la enseñanza, es tarea destinada al fracaso. Recuérdese a su antecesora Pilar del Castillo. Negoció largo y tendido una reforma, pero ni logró el plácet socialista ni pudo tampoco aplicarla. Zapatero derogó su ley en un pispás. Diríjase el ministro a una sociedad agudamente consciente de los defectos logsianos y de la necesidad de una transformación. No pierda mucho tiempo tratando de contentar a los que no quieren contentarse.

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