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Cristina Losada

Luto y reflexión

La falta de una rectificación explícita, de un reconocimiento expreso del extravío por parte del presidente constituye un error añadido al que cometió. Esa indefinición respecto del pasado lastra la política antiterrorista futura con una incertidumbre.

Cristina Losada
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El asesinato de dos guardias civiles en Calviá cometido por la banda terrorista ETA induce a una reflexión retrospectiva. Se guardará el debido luto, se formularán las preceptivas condenas y se apoyará a la Guardia Civil, que ha sido el blanco de dos atentados en menos de 48 horas. Pero hay algo más que hacer. En parte guarda relación con lo que un agente de la casa cuartel de Burgos declaraba al diario El Mundo cuando contaba sus impresiones. Decía: "[El atentado] es un riesgo que llevas contigo. Estamos en el país que estamos, tenemos la sociedad que tenemos, y ya está".

La responsabilidad de los crímenes corresponde a sus autores, pero dado que no podemos oponer a sus actos más que nuestros actos, es la política que se lleve a cabo la que determina el fracaso o el triunfo del terrorismo. Durante tres largos años, fue la peor posible. El infausto "proceso de paz" ideado por Zapatero tenía el efecto perverso de despertar la esperanza de los terroristas en la obtención de un pago político. El asesinato no constituye un triunfo del terrorismo. Sí lo es, en cambio, conseguir contrapartidas. Los terroristas matan para lograrlas.

Tras el fracaso del obcecado empeño, se ha vuelto a la política de la que no cabe desviarse. Hay, sin embargo, un pero. Uno entre otros, pero éste es capital. La falta de una rectificación explícita, de un reconocimiento expreso del extravío por parte del presidente constituye un error añadido al que cometió. Esa indefinición respecto del pasado lastra la política antiterrorista con una incertidumbre de cara al futuro. Permite interpretar que el giro dado por Zapatero en esta materia, lejos de surgir de la convicción, es táctico y coyuntural y, por tanto, reversible.

Hay otra rendija, auténtico boquete, que debe de taparse. La sociedad que tenemos respaldó en buena medida aquel "proceso de paz". Desde luego no castigó la irresponsable aventura en las urnas. De forma periódica, muchos sucumben a la ilusión de que es factible y carece de coste ese "final dialogado de la violencia" que aún figura en un permiso para negociar aprobado por el Congreso. Al urdir el "proceso", el presidente alimentó ese espejismo. Es su obligación disiparlo por completo. De lo contrario seguiremos abocados a que, como decía Churchill, "la debilidad de los virtuosos contribuya a fortalecer la malignidad de los malvados".

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