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Cristina Losada

¡Marchando un Chernóbil!

Se han puesto a temblar, no ante una posible fuga radiactiva en Japón sino ante una posible fuga de votos en su territorio. Pues una cosa es anunciar que se aprenderá de la experiencia japonesa a fin de mejorar la seguridad de las centrales y otra distint

Cristina Losada
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El sensacionalismo de la prensa, que no es lo mismo que la prensa sensacionalista, sirve estos días un inminente Chernóbil del desayuno a la cena. Sus motivos tendrá. El pánico a un accidente nuclear sobrepasa con mucho el miedo a un terremoto y un tsunami. Además, los efectos de la catástrofe natural ya sólo pueden suscitar compasión, mientras que el temor mantiene en vilo. Así, la devastación que ha sufrido Japón, esto es, aquello que ha sucedido, pasa a un segundo plano desplazado por aquello que podría suceder.

Que podría suceder si la central nuclear de Fukushima fuera la central nuclear de Chernóbil. No es el caso, pero el agit-prop de quiosco no se distingue por prestar atención a la letra pequeña. Ni a la suya siquiera. De modo que cuelan analogías como la que presenta un tabloide español, según el cual, únicamenteun cofre de hormigón diferencia a la planta nuclear de un país como Japón de aquella que explotó, hace 25 años, en un país como la Unión Soviética. Entre una economía avanzada y otra en escombros, sólo una capa de cemento, ¿el Muro?

Previsible esa labor informativa, al igual que la explotación del incidente por los nuevos profetas del cambiante Apocalipsis, quedaba por ver cómo reaccionarían los gobiernos. Y algunos lo han hecho espantándose. Se han puesto a temblar, no ante una posible fuga radiactiva en Japón sino ante una posible fuga de votos en su territorio. Pues una cosa es anunciar que se aprenderá de la experiencia japonesa a fin de mejorar la seguridad de las centrales y otra distinta, suspender los programas nucleares en curso. Esa decisión de Alemania y Suiza –¿puede haber un tsunami en los lagos? – huele de lejos a decisión política oportunista. Más grave aún, equivale a reconocer que habían aprobado esos planes desde el desconocimiento o la infravaloración de los riesgos. ¿Cómo es que han tenido que esperar a las explosiones en Fukushima para abrir los ojos? Se trata de una confesión involuntaria de irresponsabilidad e incompetencia.

Tales suspensiones preventivas pretenden aplacar a una población alarmada y, sin embargo, excitan el alarmismo. Nada ayudan, desde luego, a proveer a la opinión pública de una adecuada visión de los riegos reales de la energía nuclear, como tampoco contribuyen a esa tarea desmitificadora quienes los minimizan. No existe el riesgo cero, pero frente a esta evidencia se levanta la paradoja actual: aceptarlo resulta más difícil cuanto mayor es el progreso material y tecnológico.

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