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Cristina Losada

Montilla y la máscara del Partido

En su comportamiento privado, Montilla escapa de la inmersión lingüística en catalán que, desde su condición pública, ha fijado como norma ineludible.

Cristina Losada
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Simon Leys describió en Sombras chinescas un fenómeno curioso que había observado en China. La gente disponía de dos tonos de voz distintos. Cuando hablaban sobre la salud, el tiempo, la comida y cosas por el estilo, su tono era natural. Pero si tocaban temas de alguna relevancia política, sus voces adquirían un sonido mecánico y estridente. En el curso de una conversación, podían cambiar de registro en varias ocasiones según el asunto. Aunque sin virtuosismo vocal, aquella conducta era común en los sistemas comunistas. Todos aprendían a separar sus propios pensamientos de los que expresaban en público y, de hallarse en ese trance, se aseguraban de "llevar la máscara del Partido", como se decía en la Unión Soviética.

Al matrimonio Montilla se le ha caído la máscara del Partido por un descuido. El presidente de la Generalidad la lleva tatuada en el rostro, pero su esposa aún confiesa lo que piensa. Con inocencia entrañable, Anna Hernández ha revelado que les importa mucho que sus hijos aprendan alemán y poco que sólo den una hora de catalán a la semana. Pon que fueran tres. No entremos en las horas de español, que en la Deutsche Schule han de ser más de las que reciben los escolares del común en Cataluña. Y pasemos raudos sobre el veto de su gobierno a la tercera hora de castellano. El caso es que, en su comportamiento privado, Montilla escapa de la inmersión lingüística en catalán que, desde su condición pública, ha fijado como norma ineludible.

Entiendo muy bien a los Montilla, padres de familia. Me recuerdan a los míos, que enviaron a sus hijos a un Colegio Alemán, allá en los sesenta. Todo lo demás son diferencias. Más aún, el presidente catalán no se zafa de una norma cualquiera, sino de una que promulga y defiende apelando a elevados ideales y profundos sentimientos. Igual que Mas, Puigcercós o Laporta, acérrimos catalanistas que también prefieren para sus retoños la inmersión en lenguas y culturas que no son las que, transidos de emoción, llaman propias. Y esos ejemplos representan, a buen seguro, sólo la punta del iceberg. El que puede se salta el racionamiento y acude al mercado negro, y el que no puede, lo haría si pudiera. De ahí la tolerancia exquisita con que se acoge la duplicidad de los dirigentes. Por eso, la franqueza de Hernández. Ve tan natural la hipocresía que ni siquiera se pone la máscara.

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