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Cristina Losada

Moore o la frivolidad moral

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En olor de santidad –laica, por supuesto- y entre palmas de Cannes, llega a España la película de Michael Moore, Fahrenheit 9/11, que, según resumió Hugo Chávez en su programa Aló Presidente, cuenta cómo Bush “aspira a gobernar el mundo apoyado por los que tiene alrededor, porque es una mafia, una verdadera mafia de asesinos”. Lo dice quien sabe de esas cosas, quien ha convertido el poder en una propiedad personal mediante la represión, la coacción y la amenaza.
 
Pero el caudillo venezolano no es el único fan de discutible mérito democrático que tienen Moore y su 9/11. Grupos cercanos a Hezbolá se han ofrecido a distribuir la película en Oriente Próximo y, ¿por qué no? el negocio es el negocio. Moore sabe de eso, como Chávez de lo otro, y de eso. El cineasta, por ilustrar a los universitarios sobre la maldad de su país y la estupidez del hombre blanco, suele cobrar entre 15.000 y 20.000 dólares. Ya hace tiempo que la ideología del famosillo de izquierdas no está reñida con la caja: es un medio de hacer caja.
 
Los promotores lo anuncian como “film incendiario”, tal vez por alguna subconsciente vinculación con la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, de la que remeda el título y, aunque no la calidad, posiblemente el género. Pues si bien Moore presenta lo suyo como documental, no cumple los requisitos de la BBC. Como dice el periodista y escritor Christopher Hitchens en la minuciosa crítica que le ha dedicado, en ningún momento Moore hace el menor esfuerzo por ser objetivo. ¿Para qué? Los que aplauden su 9/11 no necesitan probarse ni probar nada. Ya están instalados en la Verdad.
 
Hitchens, que es un tipo de izquierdas de toda la vida, que rompió con la familia a raíz del 11-S, afirma, y lo argumenta extensamente, que “Fahrenheit 9/11 es un siniestro ejercicio de frivolidad moral, burdamente disfrazado de ejercicio de seriedad. Es también un espectáculo de abyecta cobardía política enmascarada de demostración de valentía transgesora”. Todo esto nos puede sonar a los españoles, que conocemos obras cinematográficas, algunas de sólo dos minutos de duración, a las que el diagnóstico les va como anillo al dedo. Se trata de una patología muy común. Moore y otros retoños de la cultura contemporánea, no se molestan en dotar de consistencia las teorías que exponen, ni en examinar las contradicciones en las que incurren. Lo suyo es el efecto, la sensación, no la reflexión. Siguen el libro de estilo de la cultura basura.
 
Moore viene a insinuar a la postre que no hay diferencia moral entre los Estados Unidos, los talibanes y Sadam Husein, y a tal efecto remata con unas palabras sacadas de 1984 de Orwell. Pero Hitchens le recuerda la inconveniencia de citar a Orwell cuando de equivalencias morales se trata, y planta otra cita del escritor, que dice entre otras cosas: “hay una minoría de intelectuales pacifistas cuyo verdadero, aunque no reconocido motivo, parece ser el odio a la democracia occidental y la admiración por el totalitarismo”. Lo escribió en 1945. Se diría que ayer. Y ninguno de estos “intelectuales accidentales” abandona, en vida, al menos, el sistema del que abomina.

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