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Hace muchos años, en Zamboanga, en la isla de Mindanao, me contaron que dos franceses habían entrado en el barrio musulmán, tal vez para hacer algún business, y que al día siguiente sus cabezas aparecieron sobre dos postes que había a la entrada del gueto. Estábamos en la cafetería del Hilton, desde allí se veía el Muslim Barrio, y se apreciaban los palos que habían servido de macabros expositores. La distancia en metros era poca; en cualquier otro sentido era tremenda. Conocer la distancia es esencial. Para sobrevivir. El confortable hotel occidental, regido por unas reglas y provisto de vigilantes, es una burbuja. El viajero debe saber que fuera, al lado, campa sin restricciones la barbarie humana.
 
En Irak, unos soldados sometieron a vejaciones a prisioneros iraquíes. Su depravación incluía la exhibición de sus abusos: se dedicaban a fotografiar lo que hacían. Hay que suponer, además de degeneración moral, estupidez. En el recinto del hotel se analiza el caso. El comportamiento de esos soldados se inserta en un sistema de causas y efectos. Se relaciona con la guerra inmoral, ilegal, ilegítima, con el imperialismo norteamericano, con su actual gobierno. Se equiparan sus actos al “holocausto”. Sí, el término con el que antes nos referíamos a la matanza de millones de personas por ser de ciertas razas. Se identifica a esos canallas como “soldados de Bush”. ¿Actuaron a su imagen y semejanza? ¿Tortura Bush en su patio trasero? ¿Se lo ordena a sus perros? Ese terrier que tiene, ¿no es un asesino? ¿No ha llevado también Aznar a prisioneros de la correa, por delegación, entiéndanme?
 
Así estamos. Entonces, unos malvados degüellan a un joven norteamericano ante una cámara. Exhiben su crueldad. Quizá gocen con ello, pero, sobre todo, esa es su estrategia. El instinto sádico que la civilización trata de reprimir es explotado con una finalidad de dominio colectivo. Esto es la guerra que llaman santa. El infiel, cualquiera de nosotros, puede correr la suerte del joven Berg. No hay ni habrá inocentes. De otro modo: el inocente es la víctima preferida del terror, así es como funciona.
 
En el hotel, un escalofrío pasajero, ¡qué horror! Aunque no congela la sangre en las venas como la exclamación del moribundo Kurtz en El corazón de las tinieblas: “¡El horror! ¡El horror!”. Hace tiempo que no lo miramos a la cara. Se discute sobre la oportunidad de mostrar la filmación. ¿Qué más se puede decir? Ya sabemos que son malvados. La mayoría de los huéspedes, antes parlanchines, enmudece ahí. No relaciona ese crimen con la heroica resistencia iraquí, con el islamismo, mucho menos con el Islam. El asesinato de Berg, como otros antes, se toma como barbarie de grupos minoritarios y fanáticos, como si no estuvieran vinculados a ideología, religión, política y aparatos de poder: tanto terroristas como estatales, tanto árabes como no árabes. Como si ese y otros infames actos fueran accidentes, inevitables sevicias de hombres malignos. El tratamiento exactamente contrario al que se ha dado a los abusos de los soldados.
            Nos pasará lo que a aquellos dos franceses que entraron en el barrio musulmán de Zamboanga. Me gustaría ponerlo entre interrogantes. Nadie sabía por qué los habían matado; ellos no habían podido imaginarlo.

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