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Cristina Losada

Mutis antes del 'meneo'

Sólo ha sucedido algo muy prosaico y terrenal y a la altura de cualquiera: un actor cobardón hace mutis antes de que le den un 'meneo'.

Cristina Losada
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No habrá épica en su retirada como no la hubo en su llegada. Apartarse del poder evoca cierta nobleza y la retirada del político goza de buena prensa. El poder es innoble, sabemos, pero seduce al que lo posee. Loas, por tanto, al que se desprenda de sus viscosas ligaduras. Sin embargo, en relación con Rodríguez Zapatero hay que hacer, antes del posible e improbable elogio, una parada. Anunciar una retirada del poder cuando el poder, de todas formas, se va a retirar de uno, se asemeja demasiado a una espantada.

Nos enteramos hoy, por él mismo, que siempre pensó en la conveniencia de no prolongar por más de ocho años su estancia en La Moncloa. Bien calladito se lo tenía. Ya era mejor haber guardado ese secreto para siempre. Pero, hasta el final, porfía en el intento de que no parezca lo que es y de que sea lo que no parece. Cuando sólo ha sucedido algo muy prosaico y terrenal y a la altura de cualquiera: un actor cobardón hace mutis antes de que le den un meneo.

La opinión pública, criatura impredecible, estaba devorando con delectación a uno de sus hijos predilectos. El presidente que gozó de popularidad a raudales, el chico de simpáticos hoyuelos que las buenas señoras querían por hijo y por yerno, daba boqueadas en el suelo de los sondeos. Y el talludo adolescente que creía en su baraka -ya hay que creer- la da por perdida y se adelanta al sacrificio. Lo hace él, para que no lo hagan otros, votantes y compañeros de partido, que son, por definición, los peores. Se va antes de que le despedacen los suyos. Aunque, como póstuma demostración de quién manda, les deja dicho todo cuanto deben hacer.

Al producirse en pleno descenso del PSOE a los infiernos, el gesto de Zapatero queda como un reconocimiento anticipado de la derrota. Como si él no quisiera llevarla sobre sus hombros, a pesar de que le culparán de cualquier modo. Lo mejor para su partido hubiera sido que apurara hasta el final el cáliz, se presentara, asumiera su responsabilidad y diera paso, después, a una transición ordenada. Y lo mejor para España habría sido que nunca se hubiera presentado.

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