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El progresismo dominante y, dentro de él, el socialismo gobernante, sólo manejan bien un diccionario: el de etiquetas, que es breviario.

Cristina Losada
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Mientras Google invite a poner “nécora” cuando se busca néoréac en páginas españolas, estaremos a salvo de ese neologismo patentado en Francia para contrarrestar la hegemonía del etiquetado político made in USA. El néoréac es un meritorio intento de desplazar al neocon, pero, el francés, alas, nos obliga a las tildes y ello le resta competitividad al invento. En España preferiremos los neologismos a la anglicana y los sinónimos a la fraila. Léase el nuevo por libertad de expresión: “hay alguien que coge un periódico y dice lo que da la gana, en ocasiones bordeando el delito”. Es lo que he hecho yo, cuando tras coger El Mundo, pude leer esa y otras sentencias de Carmen Calvo, abalorio suelto del collar paritario.

Doña Carmen no es una neonada, sino ministra de Cultura, que al paso que marca con sus manolos será Neoincultura, un compendio de prejuicios y disparates nacido del analfabetismo rampante del “progresismo” celtibérico. Con cada aparición de Calvo en los papeles, ya tiene Pedro Fernández material para engrosar su Diccionario para entender a Rodríguez, el Progre, cuyo contenido mueve a la risa, pero también a la inquietud: ¡en qué manos estamos! Pues estos cráneos previlegiados atesoran una duplicidad moral y política que les permite equiparar, verbigracia, los actos de matonismo de sus socios de gobierno con la libertad de opinión y de prensa.

El progresismo dominante y, dentro de él, el socialismo gobernante, sólo manejan bien un diccionario: el de etiquetas, que es breviario. Que abundan las críticas, que son contundentes y pueden ser convincentes, pues etiqueta al canto: son neocons, neofranquistas, conversos, la Brunete mediática, la ultraderecha, y ya digo, se ve venir lo de néoréacs. Con la marca en el lomo, se envía al empaquetado al infierno de los extremistas sin necesidad de entrar en disquisiciones, y la parroquia ya sabe a que atenerse. Así se evita el contagio y se disuade por adelantado al disidente potencial. En suma, un procedimiento económico, que aúna la ley del mínimo esfuerzo, tan cara a nuestros progres, con las leyes de la propaganda, tal como fueron enriquecidas por los dos totalitarismos del siglo XX.

No son originales los cráneos que dispensan los certificados de pureza y de maldad, que esto ya lo hacía, y muy bien, la Comintern en sus tiempos. En los nuestros, el principal dispensador de etiquetas ha sido la izquierda norteamericana. La de neocons, ahora en boga aquí, tiene más años que los que Carmen Calvo considera propios para hacer travesuras como destrozar la Constitución. Allí se utilizó para empujar hacia la derecha a intelectuales críticos de la propia izquierda. Los que no comulgaban con la deriva extremista y antiamericana, fueron expulsados al espacio exterior mediante el etiquetado. En el Diccionario de Pedro Fernández se ilustra la entrada con un artículo de Soledad Gallego en El País. Su título: La amenaza letal de los neocons. Como una de Rambo y Schwarzenegger.

Pero esta pasión clasificadora del sedicente progresismo es comprensible. Defienden su único capital político: la carátula. Esa izquierda es etiqueta, y de etiqueta.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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